domingo, 29 de junio de 2014

El rincón del escritor: Ana Iturgaiz nos presenta Tu nombre al trasluz

Ficha del libro
Elena de Eguía, hija y viuda de impresores, ha abandonado Alcalá de Henares para refugiarse en la ciudad natal de su marido. Elena llega a Villasana de Mena dispuesta a dejar atrás los problemas con la Inquisición que condujeron a su esposo a su desgraciado final. Enfrentada a la necesidad de mantenerse y criar a su hijo, decide dedicarse en secreto a lo que mejor sabe hacer: al oficio de imprimir.

Con lo que no contaba era con encontrarse con Miguel Villanueva, el mejor amigo de su marido e impresor como él, que también ha decidido empezar de nuevo. Apremiada por la insistencia de Miguel y la necesidad de disimulo, permite que su hijo comience a trabajar con él como aprendiz, a pesar de que su propia razón le grite lo contrario.


La personalidad del impresor le atrae más allá de lo prudente y Miguel está dispuesto a conseguir que se enamore de él.


Pero Elena no es la única que mantiene un trabajo encubierto, también Miguel guarda un secreto puesto que acaba de recibir un pedido muy singular que pondrá en peligro las vidas de todos.




Los personajes nos hablan de la novela:



—La odié la primera vez que la vi. Ella era la hija del dueño de la imprenta en la que trabajaba; lo único que sabía de ella era que se casaba con mi mejor amigo. Él ni siquiera fue capaz de decírmelo, tuve que enterarme por otros. Aunque ahora eso ya da igual, él está muerto y ella vino a mi ciudad natal a recordarme mis obligaciones con su viuda y su hijo.

—¿Qué iba a hacer si no, dónde podía ir? Mi marido había muerto, víctima de las cárceles de la Iglesia. Es cierto, sí, que podía haber regresado con la cabeza gacha a la casa de mi padre, pero prefería ponerme a pedir antes que apelar a su caridad.

»Yo no sabía que Miguel había vuelto de nuevo a su hogar. En cuanto lo vi, creí morir, era una amenaza, el único que podía descubrirme y poner en peligro mi negocio.

—Pero a veces los secretos pueden hacer nudos mucho más fuertes que cualquier atadura y eso es lo que nos sucedió a nosotros. Fueron nuestros secretos los que nos unieron, los que labraron la confianza del uno con el otro. Al menos eso es lo que yo creía, porque yo le abrí mi casa, mi imprenta, mi trabajo y ella en cambio…

—No podía, no pude decírselo. La mentira estaba creada antes incluso de que yo intuyera mis sentimientos por él. Iba a decírselo cuando todo finalizara, cuando termináramos con el peligroso trabajo que teníamos entre manos, pero las cosas se complicaron. Mi hijo y su sobrino desaparecieron, apresaron al contacto de nuestro cliente, Miguel estaba en peligro y…

—Cuando lo supe, me volví loco. No podía creerlo. Yo le había ofrecido mi amor, toda mi confianza y ella la había llenado de mentiras.

—Sin embargo, al final lo conseguí. Le abrí mi corazón y puse en sus manos mi mundo.


(Él la mira subyugado, la acerca hasta su pecho y la abraza con ternura. Y yo, que escucho en silencio su historia, aparto la mirada y espero a que pongan fin a las caricias de enamorados.)

Una escena que abra el apetito:


-
Y para asegurarse de ganar aquella baza, sacó la carta más alta. Y pintaban oros.
—Entiendo, hablamos de negocios. En ese caso, repetidme lo que ofrecéis y yo os diré lo que estoy dispuesta a dar —dijo ella con voz fría y distante.
Demasiado fría, demasiado distante.
—Volveos y miradme a la cara.
La vio negar con la cabeza.
Miguel supo que su halo de indiferencia no era más que una pose, la forma de mantener en pie unos pilares a punto de desmoronarse.
Una oleada de ternura inundó todos los poros de su piel. Aun así, se obligó a no ceder a la tentación de apoyar su espalda en su pecho, mecerla entre sus brazos y cubrir su nuca de besos.
—Decid lo que tengáis que decir y marcharos.
—No lo haré sin una contestación —insistió Miguel—. ¿Prometéis hacerlo?
Elena tragó saliva antes de contestar.
—Sí —susurró.
Él tomó aire para continuar.
—Conozco la manera en la que cubrís vuestras necesidades. He visto a los hombres salir y entrar en vuestra casa. —Los hombros de Elena se hundieron y ella pareció encogerse—. No entiendo cómo habéis llegado a esta situación siendo vuestro padre quién es. No pretendo que me lo contéis. Me ha quedado muy claro que no vais a aceptar caridad de nadie, así que no os la ofreceré. Lo que yo os «pido» —puso énfasis en esta palabra— es sustituir al resto de los hombres que os visita.
A Elena se le escapó un suspiro.
—Dinero a cambio de favores —murmuró.
Miguel mantenía los ojos clavados en la punta del pañuelo que cubría el cabello de Elena. De repente, ella alzó una mano y se lo quitó de un tirón. Se irguió con brío y se volvió.
El sonido del bofetón rompió el sosiego del prado. Miguel se llevó una mano a la mejilla sin terminar de creer lo que había sucedido. Ni tiempo tuvo para pensar, porque Elena ya arremetía de nuevo contra él.
—¿«Sustituir» decís? ¿Y qué pretendéis reemplazar? ¿Su trabajo? ¿Sus obligaciones? ¿Su presencia en mi cama? Os tenía por mejor persona, pero veo que no sois más que un vulgar oportunista.
Ahora sí, ahora sí que Miguel había estropeado su inestable relación. Tenía que hacer algo para borrar sus palabras anteriores.
—Perdonadme el exceso —se disculpó.
—¿Ahora pedís perdón?
—¿Y qué más puedo hacer? ¿Queréis que me incline ante vos y os suplique clemencia?
Esperó una respuesta. Estaba dispuesto a hacerlo. Un solo gesto de afirmación y se arrodillaría ante ella. No le importaba. La vergüenza ante su falta de delicadeza ya coloreaba sus mejillas por debajo de la rojez dejada por la palma de la mano de Elena.
Pero como ella no hizo un solo movimiento, simplemente lo miraba con la boca apretada, decidió precipitar su decisión y comenzó a agacharse.
Elena lo sujetó por un brazo para detenerlo.
—Mis dificultades económicas son reales —dijo cuando él se incorporó de nuevo—, sin embargo, Sancho encuentra un plato caliente todos los días sobre la mesa. Así que, como veis, vuestra intervención es innecesaria por el momento. En mi descargo solo os diré que ninguno de esos hombres, que decís haber visto en mi casa, llegaron con la intención que vos les otorgáis.
Miguel, a pesar de haberse dicho muchas veces que no creía en aquellos rumores, sintió un alivio inmediato. Ni se imaginaba lo que suponían aquellas palabras para él.
—Elena…
—No soy mujer de varios hombres. Nunca lo he sido. No sabría cómo hacerlo. Al igual que no sabría cómo vender mis sentimientos.
—No tenéis que explicar…
—Sí, tengo que hacerlo. Me habéis acusado de un pecado que muchos consideran imperdonable. A mí no me importa lo que se diga de mí. No es ese mi miedo. Hace mucho tiempo que dejé de preocuparme de los comentarios de otros. Pero sí hay algo que quiero aclarar antes de que os vayáis: el hombre al que yo me ofrezca obtendrá de mí todo lo que desee sin necesidad de soltar un solo maravedí. No tendrá más que mirarme con ternura y conseguirá esto.
Y, sin más, le cogió por la camisa que sobresalía por encima del jubón y tiró de él. Miguel vio el brillo de sus ojos y se preparó para recibir unos labios duros y fríos. Pero no fue así. Ella se detuvo justo antes de rozarlo y, cuando posó su boca en la suya, se había transformado en un suave colchón de plumas, en un lecho de hierba recién segada, en un campo de brotes en primavera. Era una acogedora cueva, cálida y caliente, en la que Miguel se apresuró a entrar.
El contacto con su lengua fue un batir de alas apresurado, el gozo de una ilusión, un deseo satisfecho. Cayó en la tentación de dejarse llevar y se amoldó al ritmo que Elena marcaba, pero algo —¿qué fue?—, algo en ella, le impelió a compartir el beso, le exigió que regresara junto a ella y formara parte del deleite.
Fue entonces cuando Miguel reaccionó, con energía. Atrapó su labio inferior y lo pellizcó entre sus dientes; recorrió el borde rojizo de sus labios, los masajeó, los arrulló. Solo escuchaba el ritmo de su respiración, agitada, excitada, como la suya propia. Sentía el fluir de su sangre y su boca dispuesta para él.
El beso se prolongó más, mucho más; el abrazo inmensamente más. Sus bocas ya se habían separado y sus manos seguían sin hacerlo. Miguel notó el roce de sus dedos en su nuca y se inflamó de nuevo.
—Elena… —jadeó apretándola contra su pecho.
Pero ella se puso tensa nada más escuchar la última palabra. Batalló con todas sus fuerzas por separarse de él.
—¿Te crees que yo podría vender esto?
Se dio media vuelta y se marchó.
No llegó lejos. Miguel la alcanzó en dos zancadas, la sujetó y la obligó a volverse.
—Elena, nosotros…
—¿Es que no lo comprendes? No existe un «nosotros» —apostilló ella.
Parecía dolida.
—Pero antes has dicho…
—Te he dicho que, cuando me ofrezco a un hombre, lo hago por completo. Y eso significa que no solo obtiene mi cuerpo sino también mi mente, mi respeto y, sobre todo, mi lealtad.
Su lealtad. Y eso era precisamente lo que ella no podía ofrecerle. Valiente decisión; el corazón contra la razón. Si las cosas hubieran sido diferentes… 
Miguel ejercía un poderoso atractivo sobre ella, sin embargo, no estaba dispuesta a olvidar sus planes. Ya no era una chiquilla confiada como cuando se había casado con Sancho; no iba a consentir ser la «barragana» de nadie. Cuando amara a un hombre, se encontraría al mismo nivel, nunca por debajo.
Y para eso tenía que ganar dinero, engañar a Miguel y olvidarlo. Y para eso, él tenía que olvidarse de ella. O mejor, tenía que odiarla.
—Pero…
—Nunca aceptaré tu dinero. ¿Me oyes? ¡Nunca! —gritó y se marchó corriendo.
No vio lo que le dolió a Miguel escuchar aquellas palabras, ni él lo que le dolió a ella pronunciarlas.




Desde LecturAdictiva damos las gracias a Ana Iturgaiz por la presentación.

2 comentarios:

  1. muchisimas gracias, me ha encantado la presentacion, me encanta esta autora y desde luego este aperitivo me ha abierto el apetito, tiene una pinta estupenda y estoy deseando leerlo, gracias por esta original presentacion.

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  2. A esta novela le tengo muchas ganas. La compré en el RA y está en el montón de las próximas novelas. Me gusta mucho el estilo que tiene Ana a la hora de contar una historia.

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