domingo, 30 de noviembre de 2014

El rincón del escritor: María José Tirado nos presenta Perderme en ti

Ficha del libro
A veces la vida no te ofrece lo que esperabas, y buscas tu sitio a través de lo que vas encontrándote en el camino. Alma Jenssen es una reputada fotógrafa de moda, ama la fotografía desde que era niña, y ha luchado por conseguir su sueño a pesar de que esto le acarrease fuertes discusiones con su madre, que se empeñaba en que fuese médico como su hermana mayor. Pero Alma sueña con fotografiar paisajes, su ritmo de vida en el centro de Madrid, con horarios ajetreados, con relaciones fugaces no la hacen feliz. Necesita un respiro, alejarse de todo y todos y decide viajar al Caribe para visitar a su amiga Delia, una antigua agente de modelos casada con uno de los hombres más ricos del Caribe.

Cuando Alma Jenssen llega a La Bella, la plantación de tabaco más importante de la República Dominicana, propiedad de Cristóbal Ríos, conoce a Hans McBride el capataz de la finca. Un norteamericano testarudo, arisco y taciturno que la tratará con desdén al considerarla sólo una nueva cazafortunas que ha acudido al olor del dinero de su patrón y por el que Alma no podrá evitar sentirse atraída. Porque Hans parece despreciarla con sus palabras, pero sus ojos azules la miran con un innegable deseo.
La atracción que sienten ambos es combustible. ¿Puede el amor surgir en mitad de un campo yermo sembrado de mentiras?
Celos, intriga, envidias y pasión, mucha pasión y erotismo, en unos paisajes de ensueño.



Los personajes nos hablan de la novela:

Ella es… Alma Jenssen. Ser la oveja negra de la familia es un peso que siempre he llevado sobrevolando mi cabeza, temiendo cuando caería al fin y acabaría por aplastarme. Si decidiese contarle a mi madre que a
pesar de dedicarme a la fotografía no soy feliz vendría a buscarme y me esposaría en cualquier columna de la facultad de medicina hasta que me aprendiese el Farreras-Rozman de memoria. Pero es cierto, no soy feliz. Yo sueño con fotografiar el mundo, más allá de los flashes y las luces de neón. Debe ser mi mitad Noruega la que me reclama paisajes inolvidables, puestas de sol de esas que se graban en la retina y en el alma. Y luego está el tema de los hombres. Me aburren. Estoy harta de salir con modelos que van parándose ante cada espejo por el que se cruzan, que no dejan de preguntarme cuál es su lado bueno y que incluso van más depilados que yo. ¿Es que los hombres de verdad han dejado de existir? Necesitaba largarme, necesitaba despejar la cabeza, el corazón y las piernas. Necesitaba unas vacaciones, y Delia no paraba de invitarme a que conociera su lujosísima mansión en mitad del Caribe, era la excusa perfecta para perderme.  Sólo que no contaba con conocer allí a Hans, ese hombre me vuelve loca, me hace perder la razón y en ocasiones incluso los papeles. Es tan antipático… como irresistible.


***

Él es… Hans McBride. Dos años en esta finca. Un día más me levanto y trato de salir adelante en mitad de esta plantación que está consumiéndome. Al menos el sol se lleva consigo el silencio de la noche y los
quebraderos de cabeza… Hace demasiado tiempo que no sé nada de mi hermana ni de mi padre, y eso me roba el sueño. Pero no es el único motivo, también está esa mujer, Alma Jenssen. Parece tan distinta al resto que me tiene desconcertado. He conocido a varias amigas de Delia de Ríos desde que llegué a la Bella, algunas muy íntimamente, pero ninguna se le parece, en absoluto. No es una cazafortunas, es descarada, valiente y se preocupa por las condiciones en las que viven los trabajadores de la plantación. Las mujeres como ella son peligrosas, son de las que se te meten dentro y hasta que no han destrozado hasta el último rincón de tu ser no se marchan. Y lo peor es que Alma me gusta, me gusta demasiado, por eso debo alejarme de ella. 



Una escena que abra el apetito:

Accedíamos al jardín posterior cuando el sol comenzaba a caer sobre las montañas en el horizonte y a mí me quemaban en la punta de la lengua las palabras que utilizaría para escapar de su lado y dirigirme a mi dormitorio. Pero entonces una imagen capturó mi atención. Tanto fue así que eché en falta mi cámara fotográfica, guardada dentro del bolso sobre la cama en la que yo debiera estar descansando, para capturar una instantánea del tipo que, descamisado, descargaba fardos de hojas oscuras de un todoterreno. Había varios hombres ayudándole, subiéndolas a otro vehículo, todos de piel mulata, todos excepto él. Aunque su piel bien podía haber pasado por oscura, salpicada de barro y grasa, con el atlético torso al descubierto, los robustos hombros en tensión por el esfuerzo físico y la musculatura abdominal tan marcada que provocó que me asaltase una insana urgencia por comer chocolate. Su único atuendo era un pantalón beige hecho trizas y un sombrero tipo cowboy marrón bajo el que resplandecía su cabello rubio.
            Contemplé con éxtasis cómo los músculos de su espalda de nadador se estiraban y contraían cuando alzaba la pesada carga. La sensual prominencia de sus oblicuos al girarse y el contorno de sus nalgas prietas bajo lo que quedaba de su pantalón desgarrado, me hicieron sentir inmersa en algún tipo de hipnosis erótica. Cómo podía estar tan bueno sin romperse en dos.
            Delia miró en mi misma dirección intentando adivinar qué me tenía tan cautivada y al descubrirlo, sus labios se apretaron en un mohín de disgusto.
—¡Mi jeep! ¡Me lo están destrozando! —bramó caminando apresurada hacia los trabajadores, y yo la seguí.
  Se detuvo justo frente a ellos, los jóvenes de piel mulata se volvieron  descubriéndose de sus maltrechos sombreros de paja como saludo al verla llegar. El hombre rubio, en cambio, continuó empujando un pedazo de tubería de goma hasta tirarlo al suelo, casi a nuestros pies. 
—¿Para esto querías mi jeep? ¿Para ensuciarlo? —exigió furiosa, dirigiéndose al cowboy que enfocó sus ojos en ella por primera vez, dos profundos abismos marinos, azules, profundos, infinitos.
—Para arreglar el problema de riego que ha hecho que se pudran todas estas plantas, señora —afirmó indicando hacia los fardos de hojas secas—. La camioneta nunca habría llegado hasta la cima.
—¡Pues te subes a caballo o vas andando! ¿Sabes cuánto costará sacar el barro de esos asientos? Mucho dinero…
—Para eso lo gana su marido, señora. El señor Ríos me dijo que debía solucionar el problema a toda costa y es lo que he hecho —respondió con una actitud muy distinta a los sirvientes de la mansión Ríos, casi desafiante. Si aquel era uno más de sus trabajadores, no lo parecía.
—Estoy de demasiado buen humor, Hans, para que me lo estropees —advirtió mientras yo les observaba discutir en silencio, contemplando con detenimiento, mucho más de cerca, al tal Hans. Una seductora barba de varios días cubría su mentón cuadrado, su rostro estaba tostado por el sol, así como en su formidable torso bronceado y poseía unos brazos capaces de aplastar a un oso. Lo cierto es que era mucho más guapo y mucho más hombre, por llamarlo de alguna manera, que la mitad de los modelos que yo había fotografiado a lo largo de mi carrera.
—Sí, ya veo que ha traído a una nueva cazadora —dijo entre dientes provocando risas de colegueo entre el resto de trabajadores, aunque ambas pudimos oírle perfectamente.
—Hans, sé que mi marido te consiente todo, pero no te atrevas a desafiarme. La señorita Jenssen es mi invitada y como tal la trataréis, ¿algún problema?
—En absoluto.
—Y quítate el gorro para hablar conmigo —ordenó autoritaria provocando que el tal Hans saltase del jeep, sorprendiéndonos, y situándose frente a ambas se desprendió del sombrero.
—Por supuesto, señora —marcó la palabra con un nada discreto retintín—.  Encantado de conocerla, señorita Jenssen —dijo escrutándome con su mirada azul con una intensidad tal que habría provocado que se me derritiese hasta el esmalte de uñas de haber llevado. Permaneció mirándome, con fijeza, en silencio, durante unos segundos eternos.
—Está bien, nos marchamos… —dijo Delia agarrándome de la mano, tirando de mí de regreso hacia la mansión Ríos.
—¿Qué ha querido decir con eso de que soy una cazadora? —pregunté a mi amiga en cuanto estuvimos lo suficientemente lejos como para que no pudiesen oírnos.
—Nada, estupideces de estos hombres que son medio salvajes.
—Pero él no es dominicano, ¿verdad?
—No, es norteamericano, ¿no se nota? Malditos yanquis engreídos… Parece que se cree que va a heredar la plantación. Y la culpa es de mi marido que se lo consiente, y todo porque le salvó la vida.


Desde LecturAdictiva damos las gracias a María José Tirado por la presentación.

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