domingo, 23 de noviembre de 2014

El rincón del escritor: Paola C. Álvarez nos presenta Volver a empezar


Evelyn es una mujer independiente con un propósito muy claro de lo que quiere en la vida: ser una gran publicista.
Todo cambia cuando se enamora tan profundamente que abandonará su carrera profesional por amor.
Años después reaparece en su vida Ryan McKinley, un fotógrafo con el que mantuvo una breve relación en el pasado.
Un irlandés seguro de sí mismo al que le gusta vivir libre y sin ataduras.
Ryan no la ha olvidado durante todo ese tiempo y arrepentido por haberla abandonado decide conquistarla de nuevo.
Sin embargo, Eve no es la misma mujer alegre y llena de vida que conoció; no está dispuesta a abrir su corazón de nuevo a pesar de que la pasión que los unió en el pasado, sigue viva y ardiente entre ellos.

Volver a empezar es un canto al amor y a las segundas oportunidades. Una novela romántica en la que no dejarás de soñar y suspirar ni un sólo instante.


Ficha del libro



Los personajes nos hablan de la novela:

Yo soy Evelyn, aunque todos me llaman Eve. Me independicé hace algunos años y fui a vivir a
Nueva York para cumplir mi sueño, trabajar en una de las más prestigiosas agencias de publicidad del país. No me interesa nada que no sea el trabajo, aunque cuando ese atrevido irlandés se cruza en mi camino, no puedo pensar en otra cosa que no sea él o estar con él. Sus ojos verdes me hipnotizan y esa media sonrisa descarada hace que me derrita, por eso cometo la locura de llevármelo a casa esa única noche que jamás olvidaré. Sin embargo, él ya no está cuando despierto y me siento sucia y utilizada porque hemos compartido algo especial, al menos para mí. Después de eso tengo que seguir con mi vida y el proyecto en el que trabajo tiene tanto éxito que recibo unas merecidas vacaciones, aunque no terminarán como imagino. Tres horas sentada en un avión al lado del hombre más dulce y maravilloso que he conocido trastocan toda mi vida, y me enamoro tan perdidamente que lo dejo todo por él.



***

Soy Ryan McKinley, soltero, fotógrafo profesional y el menor de cinco hermanos de una familia de ganaderos del condado de Clare, Irlanda. Así fue como me presenté a Eve la primera vez que la vi, no
pude dejar de mirarla cuando entró en aquel bar acompañada de ese mequetrefe que babeaba detrás de ella. Tenía que hacerla mía a cualquier precio y la invité a bailar; aún recuerdo su cuerpo pegado al mío y sus ojos grandes y dorados mirándome con auténtica adoración, ese pelo negro y sedoso junto a mi mejilla casi me vuelve loco y su sonrisa me transfiguró de tal manera que al final perdí los papeles cuando aquel gilipollas la insultó. Todavía no entiendo cómo acabé en su cama después de aquello, pero fue una noche increíble, jamás había sentido nada parecido con ninguna otra mujer, pero volví a fastidiarla, me asusté y me largué antes de que se despertara. Y cometí el mayor error de mi vida porque no podía dejar de pensar en ella, así que volví a buscarla pero demasiado tarde. Se había ido. Cuando volvimos a reencontrarnos seis años después, no podía creerlo, ella llevaba una alianza en el dedo y los celos me consumieron, me cegaron y odié a aquel tipo al que no conocía y al que me propuse arrebatársela de nuevo, porque Evelyn es mía y nunca más la dejaré escapar.

Una escena que abra el apetito:


El Devil’s era una discoteca del Soho que había abierto sus puertas no hacía mucho tiempo, pero rápidamente se había convertido en un lugar de moda en la ciudad, lo que explicaba la cantidad de gente que se agolpaba en el interior.

Eve se quitó el abrigo mientras movía las caderas a ritmo de la música borrando de un plumazo todos los remordimientos que tenía, por haber aceptado aquella invitación teniendo tanto trabajo pero hacía una eternidad que no salía a divertirse. Al fin y al cabo, su ascenso merecía una celebración.

—Vamos a la barra —le gritó Alan al oído para hacerse oír por encima de la música. —Está llenísimo, ¿no? —señaló con una mueca.

Eve asintió observando a la gente a su alrededor, deseando salir a la pista de baile. Se volvió hacia Alan con la intención de invitarlo a bailar, pero él estaba intentando pedir sus copas al camarero infructuosamente. 

Con una mueca dejó el abrigo sobre una barandilla redonda de acero que separaba la barra de la zona de baile y apoyó la espalda en ella sin dejar de mover los pies.
—¿Bailas?
Eve miró al hombre que se había dirigido a ella con un suave acento con los ojos abiertos como platos. 
Los ojos del desconocido, de un extraño tono castaño verdoso, la miraban con apreciación; el pelo oscuro le caía sobre la frente con descuido y su boca dibujaba una sonrisa seductora mientras esperaba su respuesta.
—Claro —contestó ella sin aliento.
Él agrandó su sonrisa y la agarró de la mano tirando de ella hacia la pista de baile haciendo que revolotearan mariposas en su estómago.

Ryan la sujetó por la cintura y la atrajo hacia él con lentitud. Había deseado tocarla desde que la vio entrar en el atestado bar lleno de gente y ruido, el impulso había sido demasiado fuerte para ignorarlo. Sus hermosas piernas torneadas estaban cubiertas por unos leggins y un jersey largo de punto negro y manga corta que se ajustaba a sus curvas de manera escandalosamente atractiva. No llamaba especialmente la atención, pero había sido incapaz de mantenerse al margen.
Ella le miraba con sus enormes ojos castaños y sonriendo mostró dos hoyuelos en ambas mejillas.
En ese momento, su compañero de baile, tensó la mano sobre su cadera intentando controlar las ganas de besarla.
—Nunca te había visto por aquí —le dijo sin apartar la mirada de su delicioso labio inferior.
—Es la primera vez que vengo.
—¿Has venido acompañada? —le preguntó sabiendo la respuesta. Había visto al tipo que iba junto a ella sujetarle la puerta al entrar pero lo había descartado de inmediato, ya que tenía aspecto de ser un amigo o un compañero de trabajo.
—Con un compañero, ¿cómo te llamas?
—Ryan.
—Yo soy Eve.
—Eve… ¿quieres que vayamos a un sitio más tranquilo? —le preguntó con suavidad sin dejar de mirarla.

Con nerviosismo Eve trastabilló con los pies y se mordió el labio inferior, pensativa. Deseaba decirle que sí, pero su conciencia empezó a llamarla a voces y se apartó de él con una sonrisa de disculpa.
—Lo siento, creo que te has llevado una falsa impresión. Yo sólo quiero bailar.
—Es lo que estamos haciendo —replicó él esbozando una sonrisa traviesa y acercándola de nuevo a su cuerpo.
—Ya sabes lo que quiero decir. No voy a “sitios” con desconocidos. —Eve se echó a reír y le puso una mano en el hombro para mirarlo con la cabeza ladeada.
Ryan la soltó de repente y estiró el brazo para ofrecerle una mano con formalidad.
—Ryan McKinley, veintisiete años. Soltero, fotógrafo profesional, el menor de cinco hermanos e hijo de una familia de ganaderos del condado de Clare, Irlanda.
—Evelyn Shef…—echándose a reír, le estrechó la mano con delicadeza.
—¡Eve! ¿Qué estás haciendo? ¡Te he estado buscando!

Alan la miró enfadado antes de volverse hacia el tipo que estaba junto a ella. Con una mueca de disgusto paseó la vista por el piercing de su ceja, su camisa negra remangada y los viejos vaqueros desgastados.
—Estabas ocupado y yo…
—¡Vamos!
Alan la agarró del brazo y empezó a tirar de ella. Estaba tan sorprendida que al principio no reaccionó, después se detuvo en seco y apartó el brazo de un tirón con el ceño fruncido.
—¿Quién te crees que eres? —le espetó sin salir de su asombro.
—Has venido conmigo, ¿por qué estabas con ese? —contestó chasqueando la lengua fastidiado.
Estaba estupefacta y empezó a sacudir la cabeza alejándose de él.
—Puedo estar con quien quiera —contestó dándole la espalda.

Alan volvió a agarrarla pero enseguida tuvo que apartarse al sentir un puño que se estrellaba contra su ojo. Con un grito se tambaleó hacia atrás y se llevó una mano al ojo herido mientras miraba sumamente furioso a su atacante con el ojo sano.
—¡Te denunciaré, hijo de puta!
Ryan le ignoró y se volvió hacia Eve con una expresión preocupada en sus ojos.
—¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño? —le preguntó con suavidad.
—¡En la oficina deberían llamarte zorra en lugar de frígida, si tanto te gusta relacionarte con tipos así! —se burló Alan furioso.

Ryan se volvió hacia él tan rápidamente que Alan sólo pudo dar un alarido asustado antes de salir corriendo del local.
Eve se llevó una mano a la sien y fue hasta el lugar donde había dejado su abrigo sin creer lo que estaba pasando. 
Comenzó a ponérselo enfadada, notando como su mal humor aumentaba a cada segundo pero sintió unas manos delicadas ayudándola y miró furiosa a Ryan antes de apartarse asqueada.
—No me toques —siseó antes de echar a andar hacia la salida.

Ryan metió las manos en los bolsillos del pantalón avergonzado. Su hermano mayor tenía razón al decir que era demasiado impulsivo y temerario.
Agarró su chaqueta de piel negra de estilo motero y corrió tras ella, alcanzándola mientras intentaba parar un taxi sin éxito.
—Deja que al menos te lleve a casa —le pidió deteniéndose junto a ella.
Mirándole de reojo, estuvo realmente tentada a decirle que sí. Tenía la nariz larga y estrecha, el mentón definido y la barbilla muy masculina, y aunque el labio superior quizá era demasiado fino, su sonrisa era sensual y arrebatadora. Los bíceps se notaban a través de la tela de la camisa y la cintura, estrecha, daba comienzo a unas piernas fuertes y musculosas. No le sobraba un gramo de grasa. Era tan atractivo que tenía que controlarse para no babear como una idiota adolescente. 
—Ya has hecho bastante. Por una maldita vez que salgo a divertirme en cuatro años, ¡cuatro años! y me tengo que topar con un imbécil y un… un…
Eve se volvió hacia él gesticulando mientras lo miraba de arriba abajo sin encontrar el adjetivo apropiado. 
—Déjame compensarte, por favor. Lo siento si te he ofendido pero ese tipo era un gilipollas y no permito que nadie insulte a una mujer delante de mí. —sonrió divertido y le colocó un mechón detrás de la oreja con ternura 
Eve volvió a morderse el labio inferior y lo miró a los ojos, incapaz de apartar la vista. Tenía los ojos más increíbles que había visto en su vida y sin saber por qué, se sentía irresistiblemente atraída por ellos.
Tomando su silencio por respuesta, la cogió de la mano y fue con ella hacia donde tenía aparcada su moto. 
Eve, se detuvo paralizada al ver la extraordinaria Yamaha VMAX de color negro que estaba aparcada frente a ella. Le soltó la mano y empezó a dar vueltas alrededor de ella impresionada. Pasó una mano sobre el manillar y el asiento de piel para posteriormente sentarse a horcajadas sin pedir permiso.
—Es una preciosidad. ¿200 caballos? 
—Tiene un motor de cuatro válvulas, horquillas telescópicas de cincuenta y dos milímetros y doble disco lobulado con pinzas de anclaje radial de seis pistones. — Ryan asintió gratamente sorprendido.
—Deportiva, elegante y de alta tecnología. ¡Vamos McKinley! Estoy deseando que me des una vuelta en esta maravilla —exclamó entusiasmada. Seguía embobada admirando el precioso chasis de doble viga que abrazaba de forma robusta el impresionante motor.
Ryan se echó a reír y desató el casco del copiloto para ponérselo a ella.
—No imaginaba que fueses aficionada a las motos —le confesó sonriente mientras le abrochaba el casco debajo del mentón. Era la primera mujer que conocía que mostraba la misma pasión por el motor que él.
—Mi padre esperaba un chico. Pregúntame lo que quieras sobre motos, ordenadores o videojuegos —contestó con una sonrisa burlona.
Ryan volvió a reír y se sentó frente a ella.
—¡Agárrate fuerte, cariño! Estás a punto de comprobar lo que es la verdadera velocidad.




Desde LecturAdictiva damos las gracias a Paola C. Álvarez por la presentación.


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