domingo, 15 de febrero de 2015

El rincón del escritor: Carla Crespo nos presenta Una chica de asfalto

Ficha del libro
Claudia es una urbanita de libro, incapaz de vivir en un lugar sin tiendas, restaurantes y salones de peluquería y manicura, jamás sale de casa sin maquillar y en su armario no abundan los atuendos sencillos. Su trabajo como subdirectora de una sucursal bancaria le permite llevar esa vida hasta que la trasladan a una aldea perdida en los bosques de Navarra. 

Arturo tiene un duro trabajo por delante en su esfuerzo por sanear las cuentas de la granja heredada de sus padres. Su caserío es grande y está acondicionado en dos viviendas individuales, por lo que decide alquilar una a la nueva empleada del banco sin saber la que se le viene encima. Claudia es demasiado parecida a otra mujer de asfalto que le rompió el corazón dos años atrás. 

¿Serán capaces de no dejarse llevar por los prejuicios? ¿Querrá Claudia cambiar toda su vida por amor? ¿Sabrá Arturo escuchar a su corazón? Su felicidad dependerá de ello, porque quien menos te lo esperas puede darte la felicidad




Los personajes nos hablan de la novela:

¡Hola amigas! Soy Arturo, un auténtico “chicarrón del norte”, y vivo en un caserío que heredé de mis padres en un pequeño pueblo en un valle de Navarra donde me dedico a la ganadería. Me gusta comer chuletón poco hecho, la escalada, el surf, beber sidra y, sobre todo, estar solo y tranquilo.

Por desgracia, la tranquilidad se ha acabado. Desde hace una semana tengo una inquilina, Claudia, la
nueva chica de la oficina bancaria del pueblo. En qué mala hora se me ocurrió alquilarle el piso de arriba de la casona. Es una pija de cuidado, de las que se tira tres horas en la ducha para arreglarse y lleva una capa de chapa y pintura en la cara. ¡Todavía no la he visto sin maquillar! 
Desde el primer día ha puesto esto patas arriba con sus quejas pero, joder, es mirarla y se me pasa todo. ¡Es que está muy buena! Tiene un culo… el primer día que la vi se me iban los ojos. Tiene una melena castaña y un flequillo que enmarca una carita angelical. Pero sus labios, ay, ay, ay, de angelicales no tienen nada. No hago más que pensar en ellos, pero bueno, que yo lo tengo muy claro, antes muerto que con una pija de ciudad.


Es que de verdad que es insoportable… el mismo día que llegó se metió en la ducha y estuvo ahí dentro ¡como poco una hora! Venga a desperdiciar agua. Por no hablar de que tenía la calefacción a más de veinticinco grados. ¡Una locura! Y encima, cuando subo a cantarle las cuarenta la tía me aparece ahí chorreando y envuelta con una toallita que dejaba poco a la imaginación. Claro, así no me salían las palabras y terminó dándome con la puerta en las narices. ¿Os lo podéis creer?



***

¡Hola amigas! Soy Claudia, subdirectora en una sucursal del Banco del Turia en Valencia y soy lo que podría definirse como una “chica de asfalto”. Me encanta ir de shopping, viajar a capitales cosmopolitas, las nuevas tecnologías, beber gintonics y, sobre todo, vivir en la ciudad.

Por desgracia, me han trasladado a una diminuta oficina en un valle perdido de Navarra y he acabado viviendo en un caserío que le he alquilado a un ganadero. No sabéis como es. Va todo el día
campando por ahí con su zaparrastroso mono azul y las botas de agua sucias, silbándole a las vacas y sudoroso, muy sudoroso… ¡Uf! Mejor no pensarlo. Es que no sé qué me pasa, esa mezcla no debería resultar atrayente y sin embargo activa todas las alarmas de mi cuerpo. ¿Será por su sonrisa Profident? ¿O por su ondulado cabello rubio?

Bah, qué más da que esté bueno, no hace más que reñirme por chorradas como que si gasto mucha agua o mucha calefacción. ¡No hay quien lo aguante! Además, yo nunca saldría con un ganadero de pueblo.

Lo digo en serio. El día que llegué la casa estaba helada, como un cubito de hielo, así que tocó encender a tope la calefacción y tuve que darme una buena ducha de agua caliente para poder desentumecer mi cuerpo que, acostumbrado al calor de Valencia, estaba congelado. Pues el tío tuvo el morro de venir a casa, aporrear la puerta y chillar como un loco. Me toco salir corriendo de la ducha porque pensaba que había pasado algo grave, pero no. Resulta que se cree con derecho a decirme cuánta agua puedo gastar o a qué temperatura he de poner la calefacción. ¡Lo lleva claro! Yo le pago un alquiler y hago lo que me place en mí casa.


Aunque el otro día nos quedamos incomunicados por una nevada, se fue la luz y… uy, a ver cómo os lo explico:



Una escena que abra el apetito:

Un pequeño e incomodo silencio invade el salón. Vaya, ¡ni que hubiera pasado un ángel! Yo no sé qué decir. Estoy nerviosa. Me ha dicho que me quede aquí mientras no vuelva la luz, esto no puede traer nada bueno. Lo mejor será sacar algún tema de conversación distendido.

—Sabes, cuando yo era pequeña me encantaba jugar a las tinieblas. Venían mis amigas a casa, nos metíamos en mi cuarto, apagábamos la luz y nos escondíamos.

—Mmm… interesante.

Arturo se incorpora con lentitud y veo como se acerca hasta una de las velas que hay encendidas y de un suave soplido, la apaga. Repite la operación con el resto de las velas que hay. No sé lo que está pensando pero lo noto muy seguro de sí mismo. Y eso no me gusta. ¿O sí?

De pronto, estamos a oscuras y me pongo muy, muy nerviosa porque no sé lo que va a pasar. Escucho sus pasos y noto cómo se sienta junto a mí en el sillón. Cerca, muy cerca. 

Demasiado.

—¿Quieres jugar ahora a las tinieblas? —me susurra con voz ronca al oído.

La respuesta de mi cuerpo a esta pregunta es un sí como una catedral pero mi cabeza no lo tiene tan claro… por lo que no respondo.

—Quien calla, otorga —dice, antes de buscar a tientas mis mejillas para sujetarla con ambas manos y acercar mi cara a la suya—. Me parece que ya te he pillado.

Desde LecturAdictiva damos las gracias a Carla Crespo por la presentación.

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