domingo, 31 de mayo de 2015

El rincón del escritor: Jonaira Campagnuolo nos presenta La chica de los ojos turquesas

Ficha del libro



"Antes de vivir esa humillación prefiero la muerte", fue la resolución a la que llegó la hermanita de doce años de Jeremy Collins ante el acoso de sus amigas, que la obligan a perder su virginidad para que sea como ellas. La desesperación de Jeremy por evitar ese hecho y ayudar a su hermana a superar esa pesadilla, lo empuja a buscar ayuda en la única chica pura que conoce, sin imaginar que eso le permitirá conocer más a fondo a su tímida vecina despertando en él un interés incontrolable, que confrontará su propio comportamiento. 











Los personajes nos hablan de la novela: 

Katherine Gibson: Hola, soy Katherine, pero todos me dicen Kate, y debo confesar que: soy virgen a los veintiuno. No lo niego, en varias oportunidades he intentado no serlo, pero algo me detiene. Tengo miedo, mucho miedo, aunque no sé a qué le temo. Mis inseguridades no solo son en el aspecto íntimo, sino en casi todas las facetas de mi vida. Me encanta estudiar, ponerle todo mi empeño a lo que hago y estoy llena de sueños por cumplir, pero el temor al qué dirán, al rechazo y a la burla me han frenado en la vida. En la escuela fui acosada por años por mis compañeros y no quiero que eso se vuelva a repetir. No podré soportarlo nuevamente. Estoy harta de esta situación, pronto culminaré la universidad y anhelo ser libre. ¡No quiero tener más complejos! Sin embargo, fue esa cualidad de mi personalidad lo que animó a Jeremy a pedirme ayuda. Mi Jeremy, el amor de mi vida, quien irónicamente fue uno de los que en la escuela disfrutó con mis debilidades. 

***


Jeremy Collins: ¡Ey, bellezas! Soy Jeremy, cuando quieran pasarla bien pueden llamarme. Podemos cuadrar una salida después de mis prácticas de nado o cuando logre liberarme del yugo académico. Aunque últimamente estoy muy ocupado, mi hermanita está siendo acosada por unas estúpidas en la escuela. Le quieren robar su virginidad y no estoy dispuesto a permitir que eso pase. Pretendo ir y poner orden, pero son sus mejores amigas y ella no desea perderlas. No sé por qué quiere estar con esas zorras. El asunto es que me atormenta con sus llantos y eso me parte el corazón. No quiero ver a mi hermana sufrir, ya ha tenido mucho con la muerte de mi madre. Sé que Kate puede ayudarme, ¡ella es virgen!, y yo quiero que mi hermana siga sus pasos, tengo que convencerla de que le explique cómo hizo para llegar virgen a la universidad. El problema es que no me había fijado que la vecinita ha crecido mucho y se ha puesto super hermosa. ¿Estaré perdiendo cualidades? Intento acercarme a ella, pero es más escurridiza que un erizo de mar. Mi papá me dice que tenga paciencia, que en el pasado ella sufrió mucho, pero la paciencia nunca ha sido mi fuerte. Deséenme suerte, porque a mí nada se me escapa, y mucho menos, esa dulzura de ojos turquesa. Aunque no puedo olvidar el problema de mi hermana, quiero que ella siga los pasos de Kate, pero anhelo arrancarle a Kate las inseguridades con las que ha vivido por años… ¡maldición! ¿Por qué la vida tiene que ser tan complicada?

Una escena que abra el apetito:

Ambas se volvieron de nuevo hacia la puerta, que se abrió de golpe dando paso a un hombre desnudo.
—¡Por las barbas de Odín! —balbuceó Maddie, al ver al perfecto espécimen que tenían en frente.
—Hola, chicas —las saludó Jeremy Collins, uno de los nadadores más laureados, atractivos y populares de la universidad. Temblaba de la cabeza a los pies a causa del frío, pero, aun así, mantenía una sonrisa pícara dibujada en su rostro varonil y cubría su miembro con una de las manos.
—¿Tienes complejo de polo de hielo o qué? —lo fustigó Maddie. Aunque a ella no le gustaban los hombres, mirar la anatomía definida y sin desperdicio de aquel sujeto resultaba entretenido—. Debemos de estar a siete u ocho grados esta noche, quizás menos. 
—¿Crees que no lo sé, pastelito? —respondió él, haciendo uso del apelativo con el que la novia de la chica la llamaba. Se acercó a Kate, quien todavía seguía petrificada contemplando aquel cuerpo atlético con la boca abierta—. ¿Puedes prestarme algo para vestirme? 
Ella arqueó las cejas, pero no contestó.
—Kate, ¿puedes prestarme algo? Estoy muriéndome de frío —le repitió, al ver que esta no salía de su estupor.
Jeremy tenía su fabulosa piel trigueña totalmente de gallina y sus tetillas estaban rígidas; los cabellos negros, del mismo color que sus ojos, los llevaba alborotados, con algunos mechones pegados al cuello y a la frente. 
—Eeeeh, solo tengo… —comenzó a decir ella y miró hacia su ropa evaluando qué podría servirle— esto. —Y sacó de la cesta un camisón grueso que le quedaba un par de tallas grande y tenía un dibujo de Hello Kitty en el frente. 
Él torció el gesto en una mueca, pero se apresuró a cogerlo.
Para colocárselo, tuvo que revelar su miembro, lugar al que inevitablemente Kate dirigió la mirada, pasmada por lo que veía.
—Te lo devolveré mañana —notificó él, al tiempo que se pasaba el camisón por su cabeza. Se ajustaba a su torso de tal manera que le resaltaba los pectorales y los anchos hombros, producto de la natación. Luego estiró la tela hacia abajo, pero le llegaba más arriba de la ingle. Algo de sus partes íntimas aún estaba a la vista. 
—Tengo una falda plisada que te quedaría monísima —aguijoneó Maddie. 
Jeremy la fulminó con la mirada. 
—Necesito algo más —le rogó a Kate, ignorando el comentario de la otra chica. 
Ella suspiró mientras rebuscaba de nuevo en su cesta. Conocía a Jeremy desde el colegio, sus familias vivían a pocas casas de distancia en la ciudad de Providence, y por un juego del destino, ambos habían acabado en la misma universidad estudiando carreras distintas pero afines a la Educación. 
La joven sonrió al hallar unos pantalones de chándal azul marino que le quedaban algo anchos. 
—Quizás esto te entre —indicó tendiéndole la prenda.  
Él luchó para colocársela. Le resultaba tan superajustado a las caderas que ni siquiera le subía hasta la cintura, pero al menos ya no iba desnudo; podía llegar a su coche aparcado frente al edificio de residencias sin congelarse. 
—Y algo para los pies —exigió; ella le alcanzó un par de gruesos calcetines de lana que él no dudó en colocarse—. Gracias. Si aparece por aquí la loca de Sofia Reagan, no le digas que me has visto —pidió mientras se colocaba sus partes íntimas para que los estrechos pantalones no las aplastaran. Luego alzó la mirada hacia Kate y, durante unos segundos, se quedó admirando sus ojos color turquesa, siempre precedidos por unas enormes gafas de montura negra. Llevó una de sus manos hacia el rostro de la chica y le pellizcó la barbilla—. Eres un ángel —le dijo, y le dio un beso en la mejilla antes de darse vuelta y marcharse. 
Kate se mantuvo inmóvil, deleitándose en el gracioso caminar del chico a causa de la ropa ajustada, mientras intentaba recobrar la respiración. 
—Sus nalgas parecen dos globitos con esos pantalones —expresó Maddie.
—¿Sofia Reagan? ¿Logró escapar de Sofia Reagan? —murmuró Kate con sorpresa y cierta decepción reflejada en la voz, mientras recordaba a la estrambótica mujer que vivía en su misma residencia, estudiaba tercero de Psicología y tenía fama de ser fanática del sexo duro y sadomasoquista. Las malas lenguas de la universidad aseguraban que tenía por costumbre atar muy bien a sus amantes para que no huyeran, ya que parecía perder la cabeza cuando se ponía cachonda. 
—Quedaron increíbles.
Se giró hacia Maddie al escucharla pronunciar aquellas palabras y la vio manipulando su teléfono móvil.
—¡¿Qué has hecho?! —preguntó con los ojos abiertos como platos.
—¿Crees que iba a perder la ocasión de tener una foto del playboy de Jeremy Collins con ropa de mujer? —confesó con una sonrisa burlona—. Lástima que no tuve tiempo de sacarle una desnudo, pero las que le tomé con tu ropa son absolutamente geniales. 
—¡Estás loca! —le reprochó Kate. Sin embargo, incapaz de reprimir su curiosidad, corrió junto a su amiga para observar las fotos—. Pásamelas —demandó con ansiedad, sacando el móvil del bolsillo de su pantalón.  
Maddie la observó con desdén.
—Tendrás que pagar por ellas —le advirtió.
—Cóbrame por las fotos y yo te cobraré por mi silencio —amenazó Kate poniéndose muy seria. 
Las facciones de Maddie reflejaron espanto. No imaginaba lo sanguinaria que podía volverse la angelical Katherine Gibson por unas fotos de su amor platónico Jeremy Collins. A veces, Kate la ayudaba a que su celosa y absorbente novia no se enterara de las salidas furtivas que ella tenía con otras mujeres. Siempre pensó que su secreto estaba a salvo en manos de aquella chica estudiosa y tímida. 
—¿Sabes? Eras una chica maja antes de que Jeremy Collins apareciera desnudo en la lavandería de la residencia —se quejó.


 Desde LecturAdictiva damos las gracias a Jonaira Campagnuolo por la presentación.


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