domingo, 23 de agosto de 2015

El rincón del escritor: Silvia Barbeito nos presenta Más allá del velo

Ficha del libro
En Galicia, la tierra de la magia celta, donde reinan meigas, druidas y menciñeiras, Diana regenta un pequeño bar en un pueblo casi perdido donde nunca pasa nada.
¿Nunca?
Una noche mágica, la noche de Samhain, Diana, sin saberlo, rasga sin querer el Velo que separa el mundo real del Otro Lado. Allí acecha un oscuro peligro que desencadenará una serie de acontecimientos capaces de amenazar su propia vida.
Solo un hombre puede salvarla: Aidan, el nuevo vecino que ha comprado el Pazo de los Madrileños, que levanta pasiones y suspicacias a partes iguales y que no será, ni mucho menos, lo que parece.
Los destinos de Aidan y Diana se verán unidos de forma irrefrenable por la magia que emana de ambos y por la intensa e inmediata pasión que despiertan el uno en el otro, como si se conocieran de otras vidas, como si se amaran desde siempre, como si eso fuera posible…






Los personajes nos hablan de la novela:

Me llamo Diana, regento el único bar de mi pequeño pueblo y ese morenazo impresionante, con sus ojazos azules y su sonrisa de estar de vuelta de todo, ha tenido que venir a parar justo aquí para alterarme los nervios. Pues conmigo no tiene nada que hacer, porque estoy más que harta de los hombres guapos y malos que te rompen el corazón a las primeras de cambio. Y me he prometido no volver a caer jamás con un tío así. Y no quiero saber nada de hombres después de mi ex. Y no necesito un hombre, que bastante tengo con mi trabajo y las locas de mis amigas. Y no pienso… Ay, me está mirando… Bueno, una cena solo es una cena, ¿no?

***

Soy Aidan O’Cleary y mi vida es mucho más difícil y peligrosa de lo que parece, así que, para compensar, las mujeres me gustan fáciles y sin complicaciones. Llenas de curvas y de buen humor, de las que no te dan problemas y de las que te despides sin traumas ni llantos. Pero, no sé cómo, me estoy obsesionando con ese huracán de pelo rojo, mal genio y peor lengua, que encima no es para nada mi tipo —salvo por ese culo fantástico—, y no deja de provocarme con sus sarcasmos. No. No voy a liarme con ella. No puedo. Estoy aquí para hacer un trabajo, y parte de ese trabajo es protegerla, no seducirla. Y mis colegas se me echarán encima si me olvido de mis obligaciones y me dedico a correr detrás de una mujer. Aunque… tampoco tienen por qué enterarse, ¿verdad?

Una escena que abra el apetito:

Estaba tan ocupada intentando fingir que no miraba, que respingó cuando… — ¿cómo era? Aidan. Un hombre que leía merecía tener un nombre— Aidan cerró el libro de golpe sobre su dedo índice. Sus ojos se abrieron como platos al observar que, tras colocar una servilleta como punto de lectura, se lo tendía.
—¿Qué? —preguntó Diana en tono seco. Mostrarse cabreada era muchísimo mejor que reconocer que había estado intentando cotillear.
—¿No querías verlo? —preguntó Aidan con una sonrisa traviesa—. Yo te muestro lo mío si tú me muestras lo tuyo, pelirroja.
—No soy pelirroja —protestó, ignorando la burda insinuación—. Tengo el pelo teñido de rojo cereza, que no es lo mismo —añadió con un gruñido.
Pero extendió la mano para coger el libro, porque tampoco era cuestión de dejar pasar esa oportunidad.
Miró la portada y frunció el ceño.
—Está en inglés —señaló el imbécil.
Sí, ya había dejado de ser Aidan, e incluso «el tipo», «el nuevo» o hasta «el hombre», para convertirse en «el imbécil». Acababa de comprobarlo de forma fehaciente.
—Vaya, gracias. No lo habría adivinado ni en un millón de años —ironizó Diana, devolviéndole el libro.
—Lo siento. Es que pusiste cara de confusión —se justificó él, con un encogimiento de hombros, sin disminuir ni un ápice su sonrisa.
—No era una cara de confusión. Era una cara de indecisión —puntualizó ella. Cuando él enarcó las cejas en una muda pregunta, ella dejó escapar un resoplido despreciativo—. Intentaba decidir si llevas un ejemplar de Orgullo y prejuicio porque te gusta, o es un truco estúpido para ligar.
Aidan «el imbécil» lo consideró un momento.
—Depende —dijo Aidan por fin—. ¿Funciona? —preguntó con una sonrisa esperanzada.
Ella sonrió a su pesar.
—Ni por lo más remoto —replicó Diana, burlona—. Odio a Jane Austen.
—En ese caso, ha sido una broma de mis hermanas —anunció Aidan con una seriedad más falsa que un pecado mortal y varios veniales.

Desde LecturAdictiva damos las gracias a Silvia Barbeito por la presentación.



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