domingo, 20 de marzo de 2016

El rincón del escritor: Regina Román nos presenta Cuernos de vikinga




Los cuernos no siempre son lo que parecen. Mientras “la oficial” no se entera y Dom se lo pasa en grande, Noa, “la otra”, combina momentos de sexo efervescente e inesperada diversión, con otros de auténtica autodestrucción. Pero Noa no quiere estar más al otro lado y trata de poner distancia con el egoísta de su amante, centrándose en su trabajo como camarera de día y locutora de radio de noche en un programa de “consejos románticos”. Las confesiones de sus oyentes la enfrentarán con su propia realidad y a vivir a través de ellos las fantasías más sugerentes, esas que solo se cuentan al oído a altas horas de la madrugada.
Y cuando más perdida se encuentra Noa, de repente, un café lo cambiará todo. Gael cree que quiere un capuchino, pero solo un instante después se dará cuenta que lo que de verdad desea es perderse en la oscuridad de los ojos de Noa. Sin embargo, no pueden ser más opuestos. Y ella no se lo pondrá nada fácil.
SER O NO FIEL, ESA ES LA CUESTIÓN.



Ficha del libro





Los personajes nos hablan de la novela:


Me llamo Noa y no soy, lo que se dice, una chica con suerte. Nací en Málaga donde mis padres regentaban un restaurante, estudié periodismo y con el tiempo me mudé a Madrid con la maleta rebosando entusiasmo y la esperanza de encontrar el trabajo de mis sueños... en la radio.
Adoro comunicar a través de las ondas, hacer soñar a la gente que me escucha, aportar algo especial en esos momentos del día en que uno cree estar solo. Sé que aunque mi trabajo de ahora es modesto y mal pagado, con el tiempo llegaré a tener mi propio programa. Incluso mi propia emisora. Porque de eso he hablado mil veces con Olimpia: montaremos juntas nuestra radio algún día, y seremos imparables. 
¿Que quién es Olimpia? Mi mejor amiga, mi casi hermana, la mezcla perfecta entre ambas cosas, la persona en quien más confío después de mí misma.
No. Incluso por delante de mí misma. No soy muy buena aplicando mis propios consejos.
Por desgracia, el éxito se me resiste y de momento sirvo cafés en una cafetería muy cuca llamada "Love Locke". El candado del amor. Sugestivo, ¿verdad? Dejémoslo en eso, porque de amores prefiero no hablar, menudo desastre. Mira que pude enamorarme de cualquiera, construir desde cero una relación decente que me hiciera razonablemente feliz, pero no. Tenía que ir a complicarme la vida con Dom, un canalla sin alma que folla como los propios ángeles y me mantiene en la cuerda floja de la cordura. Una situación que me envenena y de la que quiero salir.
Cuanto antes.


***

Soy Gael, trabajo en el mundo editorial y acabo de desembarcar en Madrid después de una larga temporada en Londres. No voy a engañaros, esa fase de mi vida fue genial y dio para mucho: puse en marcha una filial de la empresa como me habían encomendado, sí, pero también sumé juergas, diversión, chicas y mucho golfeo, sin compromisos ni nadie a quien dar explicaciones. De vuelta a casa, cero reproches, solo silencio y una mullida cama para darme la bienvenida. Nuevo fin de semana, vuelta a empezar. Más, más, siempre más con mucho whisky.
Por eso, volver deprisa y corriendo a Madrid gracias al imbécil de mi hermano, no me hizo precisamente feliz. Sin embargo, superado el primer mes y resignado a mi suerte, la perspectiva de todo empezó a cambiar. Podría no ser tan mala idea. Pudo no ser tan sano aquel desbarre inglés que tanto me divertía. Podría estar descubriendo a un nuevo Gael interesado en "otras" cosas. Podría ser que una chica andaluza con ojos negros y un capuccino en la mano tuviese la culpa de todo. Por poner mi mundo del revés. Cuando menos lo esperaba.
Esas cosas pasan. 

Y diré que me excitan los retos porque Noa es... ¿Cómo explicarlo? Complicada. Difícil. Hasta áspera. Pero es mía. No importa que ella aún no lo sepa.


Una escena que abra el apetito:

Ganas me entran de matar a alguien, cuando el único minuto disponible para el sagrado café antes del trabajo, tengo que malgastarlo parada en un semáforo. Esta mañana, tras nuevas sesiones de ruido nocturno, como es de esperar, llego a mi puesto en el “Love Locke” borracha de sueño, dormida de solemnidad. Y como no puede ser menos dada mi habitual mala suerte, cuando me doy la vuelta tras cargar afanosa la cafetera, me topo con los ojos turquesa de Gael. Vida mierdosa con mayúsculas. El mal humor y la sensación de ridículo me invaden en cuestión de microsegundos.
—¡Vaya por Dios! —mascullo. Él, por el contrario, me regala una sonrisa fabulosa. Si sonríe, el efecto criminal que tiene ese rostro sobre cualquier mujer, empeora. No debería hacerlo. Nunca jamás.
—¡Si es la chica del cava! Sin tu precioso vestido de princesa no te había reconocido.
—No me lo recuerdes, gracias. Y tampoco me recuerdes lo espantoso que es este uniforme. ¿Qué te sirvo?
—Capuchino y cruasán con mantequilla y mermelada —deletrea sin parar de mirarme. Me pone de los nervios.
—Marchando.
—Podrías refrescarme la memoria, ¿cómo era que te llamabas?
—Como que te lo voy a decir…
El muy imbécil, se ha olvidado. ¡Hombres…! En ese momento, mi compañera tiene que meter la patorra con un aullido de los suyos, de punta a punta del mostrador.
—Noah, ¿mueles un kilito de café, guapa? Se nos ha terminado.
—¡Ah, eso era, Noah! —Gael chasquea los dedos—. Un nombre precioso. ¡Gracias!
Lo obsequio con una exhibición de garbo y buen hacer ante los fogones. Tuesto el cruasán, dispongo confituras de varios sabores en pequeños tazones y le sirvo el más espumoso capuchino que soñarse pueda. Sin embargo, apenas se lo lleva a la boca y escupe, me percato de que lo que le he echado por encima no es canela sino queso rallado.
—¡Hostias, qué asco! ¿Quieres matarme?
—¡No te pongas así! ¡Ha sido… ha sido un error…!
Su seductora mirada vira a instinto asesino.
—¿Otro error? Lo tuyo empieza a ser preocupante, ¿no te parece?
—¡Leñe, qué gafe eres y qué mala suerte me traes! —Enfadada, retiro su taza de un tirón muy poco educado.
—¿Yo? ¿Yo te traigo mala suerte? Donde quiera que chocamos, siempre salgo perjudicado, ¿dónde está tu mala suerte? Dirás la mía, joder —brama ofuscado.
Tiene razón, no es cuestión de ponerme a discutir.
—De acuerdo, no discutas, te serviré otro.
—No hace falta —rezonga con fastidio.
—No tardaré ni un segundo. Invita la casa.
—Si es así, de acuerdo —acepta a regañadientes.
—Gafe.
—Inepta.
Así transcurren unos minutos, los que yo me tomo para que mi corazón se calme, recupere el ritmo, mis mejillas su color, y la respiración vuelva a ser lo que era antes de verlo, en lugar de un ansioso jadeo entrecortado. Que a poco que sea listo, se tiene que estar coscando del demoledor efecto que causa en mí, cosa que odio.
—Andarás muy distraída, tu sabrás por qué.
—O muy agotada —gruño.
—Hey… —Mueve la cabeza a un lado y otro para conseguir mirarme—, deja que adivine, trabajas de noche.
—Oh, clarividente de los miércoles —me pitorreo, halagada, en el fondo, de que intente trabar conversación.
—En un bar —aventura. No respondo—. Eres artista. ¿Bailas?
—Si te refieres con tanga y encaramada a una barra, no. —Por poco me cargo la taza al plantársela por delante.
—Pero en un bar.
Y dale.
—Tampoco. No me dedico a servir copas ni a aguantar moscones aburridos. De hecho, no los soporto.
—Vaya derechazo directo al hígado. —Levanta las manos en son de paz. Las tiene divinas. Y grandes, enormes.
—Conste que te contesto porque he estado a punto de envenenarte y te debo una.
—Resumiendo, no eres gogó.
Pongo los ojos en blanco.
—¡La Virgen! ¡Qué tío más pesado! ¿Estás calibrando el grado de dificultad para ligar conmigo? No, no soy gogó.
—Pero trabajas cuando el resto del mundo duerme. ¿Serena? ¿Panadera? ¿Poli? ¡Eres poli!
Este tío se lo está pasando en grande a mi costa.
—Son tres cincuenta y disculpa.
—Dijiste que invitaba la casa.
—Ya no. Has perdido tu ventaja. Paga o muere.
Lo dejo con la palabra en la boca, lo que me produce un cierto y perverso placer, y cruzo la calle para visitar a la señora Braulia y llevarle su cafelito. No me pasa inadvertida la mirada penetrante de Gael directa a mi culo, mientras yo selecciono la fruta y charlo con la viejecita, por encima del mantel fabricado con retales de ropa vieja que cubre la pila de cajas desvencijadas que componen su mostrador. De acuerdo, yo me lo cobro, recreándome con su fantástico perfil y con esas piernas interminables envueltas por un pantalón de firma. Por supuesto, todo se me resbala de las manos y cae al suelo un par de veces antes de meterlo en las bolsas y volver a la cafetería. La expresión de Gael es de extrema ternura. Lo odio en silencio.
—¿Es pariente tuya?
Le clavo la peor mirada de todo mi repertorio.
—Si lo fuera no estaría muerta de frío día tras día, ganándose la vida con el sudor de su frente, ochenta y muchos años, y las manos callosas. Toma —le alargo una bolsa—. Dos kilos de cebollas, te las regalo. Y a partir de ahora si necesitas algo y no quieres que tu vida corra peligro, se lo pides a mi compañera que tiene mejores dedos que yo.


Desde LecturAdictiva damos las gracias a Regina Roman por la presentación.

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