domingo, 4 de septiembre de 2016

El rincón del escritor: José de la Rosa nos presenta Todas las estrellas son para ti

Aunque decir que “mi última novela es mi favorita” entra en el mundo de los tópicos, en este caso me temo que es verdad. La idea de escribir “Todas las estrellas son para ti” surgió a partir de una investigación genealógica.  Desde hace la friolera de 16 años trabajo en la historia de mi familia. Una larga saga de siervos de la gleba sin más mérito que sobrevivir. Pero cuando te sumerges en documentos antiguos, la historia de personajes que tienen tu misma sangre y que posiblemente se parezcan a ti, surge ante tus ojos asombrados. Una de estas historias es la base de mi novela, adaptada a los tiempos que corren.

En “Todas las estrellas son para ti” vamos a seguir los pasos de Inés. Una chica de treinta y pocos que dejó España hace 10 años para cumplir sus sueños en un país tan frío como Noruega. Allí ha conseguido el trabajo de su vida, la casa de sus sueños, y un novio que es la envidia de sus amigas. Una noche recibe una llamada inesperada. Su padre acaba de fallecer y debe volver a Sevilla. Es una noticia demoledora, porque él era el hombre perfecto con el que había medido a todos los demás. Tras el sepelio, y mientras ordena los últimos papeles de su padre, descubre una carta de este a una mujer que no es su madre, lo que es algo del todo imposible.

Así es como decide investigar el pasado de su padre, y para ello pide ayuda a Pedro, un antiguo amor de juventud que es ahora inspector de policía. Sin embargo, lo que empieza siendo un simple favor, despierta los rescoldos de algo que pudo ser y nunca llegó a serlo. Y esto sucede ante la resistencia de ambos, porque los secretos, a veces, es mejor que nunca se desvelen.

Ficha del libro



Los personajes nos hablan de la novela:


Cumplo años en marzo, treinta y cinco, por lo que soy tan cabezota como todos los aries. Me llamo Pedro y me dedico a perseguir a los malos. Inspector de policía para más señas. Es algo que siempre me ha gustado. Estudié derecho mientras me preparaba las oposiciones. Me gusta la calle, el riesgo y estar con mis colegas. También me gustan los cuarenta y pico de grados veraniegos de mi tórrida ciudad. Sí. Sevilla. En serio. Prefiero el calor que el frío. En todos los casos.

Si alguien me hubiera preguntado a quién sería a la última persona que me hubiera esperado encontrar... sin duda habría respondido que a Inés. Llevamos una década sin vernos. Ella voló y yo me quedé. Es más complicado que esto, pero se resume bien pensando que uno de los dos se equivocó. Un compañero, cuando la vio por primera vez, me dijo que era una “chica preciosa”. Yo no utilizaría esa palabra. Es simplemente ella. Y su forma de ser ella misma consigue generar cosas en mí bastante sorprendentes.
Dicen que el tiempo lo cura todo, pero sé que es mentira. El tiempo lo único que consigue es lo aplazar inevitable.

Yo acababa de cumplir los veintipocos cuando ella me regaló una caja de tiritas. Pensé que era una broma, que dentro habría algo extraordinario, pero dentro había... tiritas. Supongo que puse cara de póquer, se lo agradecí y me olvidé se ellas. Un tiempo más tarde me corté en el pie mientras corría y usé una de aquellas tiritas olvidadas en un cajón. Hasta entonces no me di cuenta de que cada una de ellas tenía una frase escrita. En aquella en concreto decía “Te mereces un beso y estoy dispuesta a dártelo”.


***

Cuando pisé Oslo por primer vez aún no había cumplido los veinticinco, y tenía la certeza de que no regresaría a casa. Mi nombre es Inés. Mi padre era una enamorado de “Don Juan Tenorio”, y decidió ponerme el nombre trágico de su heroína. Con cinco años dicen que construí mi primera silla: Dos piedras y una tabla que llevaba a todos lados. Desde entonces me dedico a eso, a diseñar muebles. Pero ahora cobro por ello.

Mi primera impresión cuando conocí a Pedro fue que era uno de esos tipos guapos que solo tienen que levantar una mano para tener a alguien a su lado. Además era simpático, ocurrente y divertido. Un poco chulo, todo hay que decirlo, pero hasta eso le quedaba bien. Después... bueno, después las cosas dejaron de salir como se esperaba.

La primera vez que me dijo que saliera con él le dije que no. Y la segunda. La tercera también. Entonces me mandó flores a clase durante unos pocos días. Me convertí en el hazme reír de la universidad. No tuve más remedio que decirle que sí. Una decisión que al día de hoy sigo preguntándome si fue la correcta.



Una escena para abrir el apetito:

Inés acababa de comprender que todo aquello había sido una mala idea.
¿Por qué diablos se había apuntado a un club de remo, cuando lo que tenía que hacer era centrarse en sus estudios de máster? Su amiga Carmina le habría dicho «porque es donde están los tíos buenos», pero ella no estaba para esas tonterías, simplemente quería hacer algo de ejercicio al aire libre y con un río como aquel cerca de casa era la mejor opción. ¿Y por qué demonios se le había ocurrido salir a remar a última hora de la tarde, cuando lo que tenía que estar haciendo era estudiar para el examen del día siguiente?
Inés volvió a intentarlo, agitó los remos con todas sus fuerzas, usándolos de palanca, pero le fue imposible. El kayak se había atorado entre los grandes juncos que crecían a orillas del Guadalquivir, y cualquier esfuerzo por desatascarlo seguía siendo infructuoso. Ya le habían advertido que no se acercara a esa zona del río, pero estaba tan concentrada que solo se había dado cuenta de cómo de virada navegaba su embarcación cuando de pronto se vio rodeada por los altos penachos y ya le fue imposible salir de allí.
Miró alrededor. La noche empezaba a cerrarse y en aquella zona del río, alejada de las luminarias de la ciudad, la oscuridad se cernía a su alrededor amenazadora, dispersa apenas por las lejanas farolas que salpicaban el solitario paseo fluvial.
Pensó que había sido una estúpida al rechazar por dos veces la ayuda de aquel chico que había pasado por su lado, remando a toda velocidad. La primera vez le contestó a su solicitud de socorro que lo haría por ella misma. La segunda que no necesitaba ayuda. Pero es que estaba segura de que lograría salir de aquel atolladero sin que nadie la remolcara. Y, sobre todo, no le apetecía que al día siguiente en el club le preguntaran si había sido ella la que se había quedado atrapada entre los juncos.
Ahora se daba cuenta de su error. Sin una mano amiga no iba a ser capaz de desengancharse de aquellos ramajes. Y un tipo fuerte como aquel hubiera sido su aliado perfecto.
Tomó una larga bocanada de aire y cerró los ojos para intentar calmarse. Tenía dos opciones: esperar a que amaneciera, el río recobrara su ajetreo y alguien la rescatara. O tirarse al agua y nadar hasta la otra orilla. Miró la oscuridad pantanosa de la dársena y desestimó al instante esta última. Entonces oyó el zumbido, un ritmo equilibrado de remos en el aire que descendían veloces, cortando el agua. Era un sonido inconfundible. Quizá su última oportunidad de salir de allí. Buscó entre las sombras hasta que vio aparecer el kayak.
Era el mismo chico de las otras dos veces, pero en esta ocasión regresaba al pantalán por la otra margen del río, más bien lejos de donde Inés se encontraba. Aquel tipo se había hecho tres largos en lo que tardaba ella en recorrer unos pocos cientos de metros. A eso se llamaba estar en forma. Era su última esperanza si no quería dormir esa noche entre las garzas, pensó Inés.
―¡Hola! ―gritó con todas sus fuerzas mientras agitaba el brazo.
En el silencio de aquella zona agreste del río su voz sonó atronadora y el remero levantó la cabeza hasta localizarla. Inés apenas podía distinguirlo, pero por el reflejo de los remos en el agua supo que hacía una maniobra para cambiar la dirección del bote y poder dirigirse así hacia ella en línea recta. Se sintió aliviada cuando la embarcación se detuvo a un par de metros, girando con maestría hasta colocarse en paralelo, pero a salvo de los matorrales.
―Aún sigues aquí ―dijo el remero con una mueca de suficiencia en los labios, y el aliento entrecortado por el esfuerzo.
Inés lo miró con detenimiento antes de contestar. Eran dos desconocidos y estaban en una zona tan perdida que sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. Eran más o menos de la misma edad, por lo que debía rondar los veinticinco. Atractivo. Incluso guapo. Aunque en aquel momento ese tipo de apreciaciones sobraban. Solo llevaba puestas los pantalones de deporte, hacía calor y el ejercicio le había obligado a desprenderse de la camiseta. Su piel brillaba, marcando cada músculo inflamado por el esfuerzo del remo. A aquel espécimen debía referirse Carmina cuando hablaba de «tíos buenos». Se sintió patética pensando en el físico de su salvador en vez de en buscar una solución a su entuerto. Volvió a respirar hondo y contestó a un interlocutor, que había arrugado las cejas ante su mutismo.
―Pensaba que podría librarme por mí misma, pero ya ves.
―Sí, es una situación complicada.
Él continuaba allí, inmóvil, sin apartar los ojos de ella. Inés había esperado que no hubiera tenido que pedírselo.
―¿Podrías ayudarme?
Él volvió a sonreír de aquella manera que denotaba quién tenía la sartén por el mango.
―Me has dicho dos veces que no. ¿Qué ha cambiado desde entonces?
―Estoy más desesperada.
―Y con razón ―soltó un silbido―. En breve saldrán las nutrias salvajes a buscar comida en el río y casi todas pasan por aquí. Se sienten seguras entre los juncos.
Inés miró alrededor sin mucho convencimiento.
―¿Nutrias? ¿En el Guadalquivir?
―Y ratas ―reafirmó lo dicho con un gesto afirmativo de cabeza―. Deberías ver cómo nadan. Bueno, en verdad lo vas a ver con tus propios ojos si continúas en esa situación.
Ahora Inés sí se volvió para observar la oscuridad que envolvía el juncal.
―Eso ya me gusta menos.
Cuando se giró de nuevo hacia la embarcación lo sorprendido mirándola arrobado. Duró solo un instante, el tiempo de darse cuenta de que ella lo había pillado, pues de nuevo su rostro adquirió aquel aire jactancioso.
―Pero a cambio ―continuó su salvador―, tienes la maravilla de este cielo sin luna, donde se ven todas las estrellas.
―No sé si me consolará lo suficiente si hay ratas hambrientas y mojadas a mi alrededor.
Se hizo el silencio entre los dos. Los ojos de él, que se habían perdido en el firmamento, brillaron, y chasqueó los dedos.
―¡Hagamos un trato!
A Inés no le pareció la mejor idea.
―No me gustan los tratos.
―Yo te rescato ―prosiguió sin escucharla―. Nos duchamos, cada uno en su vestuario, por supuesto, y te invito a una hamburguesa. Tienes cara de hambrienta.
Que estuviera intentando ligar con ella en una situación desesperada no le gustó. Quizá para él aquello fuera algo divertido, pero Inés empezaba a estar asustada y solo quería salir de allí. Su rostro de volvió pétreo, como cuando las cosas no salían como ella quería.
―No me has dicho cómo te llamas ―le preguntó a su supuesto salvador, con voz glacial.
―Pedro. Tú a mí tampoco.
―Pues bien, Pedro ―prosiguió, sin responder a su pregunta―. Deberías saber que una situación como esta no es la más adecuada para intentar ligar.
Él pareció sentirse ofendido, y se llevó las manos al pecho.
―No estoy ligando. Simplemente intento ser amable con una chica que ha rechazado mi ayuda en dos ocasiones. Y aún no me has dicho tu nombre.
―¿Podríamos dejarnos de tonterías y me ayudas a salir de aquí?
―¿A cambio de nada? ―levantó una ceja―. Por supuesto que no. Mi primer intento era gratis. El segundo también. El tercero… estoy perdiendo un tiempo precioso discutiendo contigo, y eso tiene un precio.
Inés no se había encontrado ante una situación más ridícula en toda su vida.
―¿De verdad que esta técnica te funciona con otras chicas?
―¿Quién ha dicho que haya otras chicas? ―parecía ofendido por la insinuación.
―¿Me vas a ayudar o no?
Ella se cruzó de brazos, pero al hacerlo uno de los remos resbaló de la horquilla y comenzó a alejarse en las aguas oscuras. Inés intentó cogerlo, pero el kayak se movió peligrosamente, lo que la obligó a dejarlo ir.
―¡Y ahora esto! ―gimió desesperada.
―Creo que voy a dejarte tranquila con tu mal humor ―dijo Pedro, mientras empezaba a maniobrar para alejarse.

―No me irás a dejar aquí, ¿verdad?
―Pasa una buena noche, no prestes atención a los ruidos extraños y abrígate, porque refresca bastante.
―¡No te atreverás a irte! ―le gritó mientras él se alejaba―. ¡Abandonándome aquí es de canallas!
―Y tratar con la punta del pie a quien se muestra amable contigo es de desagradecida.
―Eres, eres…
―Y no intentes dormir ―dijo cuando ya estaba a suficiente distancia―. Las ratas saben que no estás despierta y entonces es cuando atacan.

A Inés le entraron ganas de gritar, pero no de miedo, sino de indignación.  Nunca en su vida se había cruzado con un cretino como aquel, y si lo volvía a ver, le iba a poner las cosas claras.


Desde LecturAdictiva damos las gracias a José de la Rosa por la presentación.

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