domingo, 25 de septiembre de 2016

El rincón del escritor: Neïra nos presenta La lista de Oliva

Oliva es una chica normal con una vida normal: comparte piso con dos amigas, trabaja en un hotel, sale los fines de semana… hasta que, una noche de verano, Mario irrumpe en esa normalidad haciendo que su mundo se tambalee.
¿Estará Mario a la altura de las exigencias de Oliva? 
A veces el sexo, la amistad y el amor se entremezclan dando lugar a aquello con lo que siempre soñamos y que parecía imposible de encontrar, pero ¿qué ocurre cuando saltamos la línea que separa la amistad del amor? ¿Y si no estamos preparados para enfrentarnos a algo tan intenso? ¿Y si el miedo te hace incapaz de ver lo que tienes delante de tus ojos?










Los personajes nos hablan de la novela:

Él es… Mario Vélez Carboné.

Mi nombre es Mario y trabajo como publicista en Barcelona. Me encanta mi trabajo, aunque no tanto que me toque viajar de vez en cuando y pasar jornadas interminables en habitaciones de hotel frías y vacías. Sin embargo, el congreso de hoy no me desagrada, porque es en Madrid y con la excusa veré a Raúl, mi mejor amigo desde que nos conocimos en la universidad. Llevamos un rato en un bar hasta arriba de gente, rodeados de chicas bonitas bailando y riendo, pero hay una a la que no puedo dejar de mirar desde que la he visto soltar una carcajada y bromear con sus amigas ajena a todo. Es castaña, con un cuerpo de lo más apetecible y de labios perfectos, pero lo que más me ha llamado la atención son sus ojos; parecen verdes, de un verde extraño, grandes y expresivos. Necesito conocerla.
Descubro que la suerte está de mi lado, cuando uno de los amigos de Raúl entabla conversación sin dificultad con una de sus amigas.
Me la presentan.
Dos besos, pero ni siquiera me mira a la cara cuando me los da. Parece ausente, y un poco borracha, todo hay que decirlo.
No me considero un casanova, pero tampoco un tío que tire la toalla a la primera cuando quiere algo, y ahora mismo deseo conocer a esa chica por encima de cualquier cosa…

***

Ella es… Oliva Martín.

Me llamo Oliva, sí, Oliva, como las aceitunas; herencia de la abuela de mi padre y foco de burlas durante buena parte de mi infancia. Tengo veintiséis años y trabajo como recepcionista en un hotel, por eso hoy no he hecho caso a mi amiga Maite y me he dejado los tacones en casa, porque me paso el día con ellos y esta noche me apetecía bailar sin sufrir.
Es la primera vez desde hace años que salgo con mis dos mejores amigas estando las tres de nuevo solteras; Maite siempre lo ha estado, pero Sonia acaba de salir de una relación de cinco años y ayer decidió que su luto había terminado después de seis meses. Yo sigo cargando a mis espaldas los rescoldos de una relación de mierda con Alberto, un guaperas un tanto cabrón por el que ya he llorado lo suficiente, sobre todo, porque no se lo merece.
Maite ya ha elegido a su víctima de esta noche y ha conseguido que nos presente a sus amigos, que nos rodean con la ilusión en sus ojos, pero yo no veo más que bultos desconocidos y no soy capaz de quedarme con el nombre de ninguno de ellos; ni siquiera con el del chico un poco más apartado del grupo que no me ha quitado ojo desde hace un rato sin yo saberlo…

Una escena para abrir el apetito:

“Estoy tan ensimismada pensando en mis cosas y dando sorbitos a mi ron con
naranja que, cuando vuelvo a la realidad, me encuentro con una Sonia entregadísima al
baile del refrote con uno de ellos y a una Maite aún más entregada, con su lengua dentro
de la boca de Pablo, el armario empotrado, y una pierna enredada en su cintura
arqueándose al ritmo de la música. Madre mía, cuánto daño ha hecho el reggaetón.

—Hola de nuevo, ¿estás bien?

Levanto la cabeza y lo que me encuentro me sorprende. No sé cómo no me había
fijado en él antes, cuando nos presentaron, supongo que porque tengo la capacidad
atencional de un niño de tres años y encima, con unas copas de más, pues como que no
se me puede pedir mucho. Es alto y moreno, con los ojos color chocolate, y me mira
con una sonrisa que derretiría lo que quisiera.
Y menuda boca. Joder, tiene unos labios de esos que no puedes evitar desear
morder. El caso es que me gusta, me gusta demasiado.
Sigo estudiándolo a mi ritmo… bueno, al ritmo que imponen mis neuronas, que es
lo que tiene el alcohol, mientras doy sorbitos a la pajita de mi cubata. Suspiro
profundamente, seguramente con cara de imbécil, aunque prefiero pensar que a él le
parece que lo hago de una forma encantadora por el bien de mi autoestima, antes de
abrir la boca.

—¿Sabes que tienes unas pestañas larguísimas? —Él da un respingo y me mira
asombrado.
—Pues no, nunca me lo habían dicho.
—Pues ya lo sabes, tienes unas pestañas que cualquier chica envidiaría.
Levanta una ceja y se acerca más a mí, para seguir hablando sin tener que gritar
por el volumen de la música.
—No sé si eso me halaga o me resulta… raro.
—Es un halago, créeme. ¿Cómo te llamas?
Su risa en mi cuello antes de contestar consigue que me estremezca.
—Mario. Tú eres Olivia, ¿verdad?
—Oliva.
—Olivia, me gusta.
Pongo los ojos en blanco, niego enérgicamente con la cabeza y me preparo para la
aclaración de siempre.
—No, no, no. Oliva, sin la i, como las aceitunas, ya sabes.
—¿Oliva?
—Eso es.
—Nunca lo había oído, pero tiene sentido.
Ahora soy yo la que me pierdo por completo.
—¿Qué es lo que tiene sentido?
—Es el color de tus ojos, verde oliva.
Y sólo con esa frase sé que podría hacer esta noche conmigo lo que quisiera…”

Desde LecturAdictiva damos las gracias a Neïra por la presentación.

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