domingo, 4 de diciembre de 2016

El rincón del escritor: Patricia A. Miller Solo tres segundos

El accidente que se llevó a su amiga Rachel y que la condenó con solo diecisiete años, continúa convirtiendo la vida de Pearl Bennett en un infierno. Sobrevivir al pasado y a las cicatrices fue un reto que creía haber superado, pero el regreso de JJ Tacher a Lakewood destapa sentimientos de rencor y venganza que demuestran lo frágil que es la burbuja que la ha ocultado durante diez años.
Jesse James Tacher, la estrella de los Washington Wizards en la NBA,  regresa a su ciudad natal después de sufrir una lesión en un partido. Su apoyo al programa deportivo de ayuda a escolares, que su padre ha implantado en la escuela que dirige, es solo un favor que no puede eludir. El grupo de niños que forman  el equipo de baloncesto es desastroso y la entrenadora…
¿Cuánto tiempo puede perdurar el resentimiento por el pasado?
Para JJ, ella es culpable y no ha pagado suficiente por la muerte de su hermana. 
Para Pearl, él solo es un estorbo en el trabajo y la prueba indiscutible de que sus cicatrices jamás sanarán. 
Jesse quiere justicia, ella solo olvidar. 
¿Cuántos segundos puedes odiar a una persona antes de comprender que la amas?




Los personajes nos hablan de la novela:


Mi nombre es Pearl Bennett y mi vida no ha sido un camino de rosas los últimos diez años.
Un accidente de tráfico puso mi mundo adolescente patas arriba y alguien a quien quería muchísimo murió, llevándose consigo mi inocencia, mis ganas de sonreír y el color de todo cuanto me rodeaba. Para que os hagáis una idea: no había nada por lo que levantarse cada mañana.
Pero todavía queda gente buena que cree que debo seguir luchando contra mis miedos y contra el pasado, y lo más sorprendente es que esa opinión proviene de las personas que más deberían odiarme, los padres de mi amiga Rachel, mi querida Rachel, la que murió aquel 17 de junio de 2005. Ahora, cuando ha pasado una década desde entonces, solo tengo palabras de agradecimiento para Graham y Francine Tacher, y para Peter y Michael, mis amigos, para Willy, mi jefe en el bar donde hago horas los fines de semana, y para el señor Morrison, que me dejó su taller para armar la que hoy es mi compañera inseparable, mi moto.
Sin embargo, si hay unas personitas especiales que me han devuelto las ganas de abrir los ojos y plantarle cara al mundo, esos son mis pequeños, mi equipo de baloncesto del colegio de primaria Emerson, donde trabajo, donde el padre de Rachel es el Director y donde voy a comprobar que todavía hay quien me guarda rencor por el pasado. Él, Jesse James Tacher, ha vuelto.
Se ha lesionado… ¡pobrecito! —léase mi ironía—. La estrella de los Washington Wizards se ha hecho polvo la rodilla, y a su padre no se le ha ocurrido otra cosa que endosármelo como apoyo en el programa de baloncesto. Mis chicos lo detestan, aunque bien es cierto que tener a un jugador de la NBA en el gimnasio del cole, les ha despertado las ganas de aprender.
Pero Jesse es impertinente, creído, un negado para tratar con niños, ¡es un Wizard! —imaginad lo que supone eso para mí, que soy una fanática de los Cleveland Cavaliers— y además me odia. ¡Sí, me odia! No es que lo haya visto en esa mirada azul tan bonita que tiene, o que sus gestos hacia mí expresen aprensión, no lo digo por suponer, no, es que me lo ha dicho. No pierde un segundo en recordarme que no me soporta, que no pagué suficiente por matar a su hermana y que no tendré paz mientras él esté allí. 
En otras circunstancias me daría igual, he aprendido a quedarme con lo bueno y a desechar lo malo, pero es que Jesse despierta cosas en mi interior que ni siquiera estoy dispuesta a reconocer. Os parecerá un cliché de lo más común pero, guardadme el secreto: siempre he sentido algo muy especial por él, desde que era pequeña, pero jamás se lo confesé a nadie.
Ahora ya da igual, él se recuperará de su lesión, regresará a Washington, a la NBA, a su perfecta existencia, y aquí, en Lakewood, la vida continuará como si nada hubiera pasado. ¿O no?
¿Os habéis preguntado alguna vez cuánto tiempo se necesita para pasar del odio al amor? Quizá lo descubráis cuando os cuente mi historia.

***

Si me llegan a decir que una lesión en la rodilla iba a cambiar mi vida de una forma tan radical, me hubiera reído hasta  doblarme por la mitad. Yo, Jesse James Tacher, JJ para los amigos, que he sido Rookie del Año de la NBA en el 2008, que he estado dos veces en el All Star y que encesto una media de diecisiete puntos por partido, me veo de vuelta en Lakewood, mi ciudad natal y el centro de un resentimiento que creía dormido.
Mi agente me ha sugerido que me tome un descanso y baje el nivel de exigencia que tengo conmigo mismo. Es cierto que llevo una vida de vértigo, que me gusta esforzarme al máximo, pero creo que el consejo de Eugene tiene más que ver con cierta modelo que está buscando camorra y que no dudará en hacer saltar a los medios de comunicación nuestras intimidades y nuestras promesas rotas, algo que no me vendría nada bien si deseo renovar mi contrato con los Washington Wizards.
Y eso me lleva a este punto, confinado en el hogar familiar, soportando las continuas atenciones de mi madre y obligado por mi padre a colaborar con la entrenadora de baloncesto del colegio que dirige, a cambio de disfrutar de unas horas de ejercicio en el gimnasio del Emerson.
No me importaría pasearme por los entrenamientos y dar cuatro indicaciones de juego a los niños, si no fuera porque la persona que los instruye es la misma que mató a mi hermana, hace diez años. Pearl Bennett. ¿Puede haber alguien más odiosa, pedante e hipócrita que ella? 
Vale, es buena entrenadora, aunque eso no lo reconoceré en público, y tiene un don para tratar a esos mocosos problemáticos. También debo admitir que, desde la última vez que la vi, su cuerpo ha experimentado cambios… sí, ese tipo de cambios en los que todos estáis pensando. Ahora tiene curvas, muchas curvas, y unos ojos que son capaces de dejarme sin palabras.
Sin embargo, cuando la tengo delante… solo puedo distinguir el rostro de mi hermana y recordar el dolor y el sufrimiento que siguió a los días de su muerte. No sé si seré capaz de verla cada día, tan feliz, tan resuelta, con su cómoda vida, mientras mi cabeza y mi corazón siguen pensando que no pagó en absoluto por destrozar a mi familia. 
Quiero hacerla sufrir —es mezquino por mi parte, ya lo sé—, pero a cada paso que doy en mi propósito algo o alguien me va poniendo freno y entre todos están logrando que vea una parte de Pearl que no había visto antes. ¡Hasta mi corazón se revoluciona cada vez que la observo en el bar de Willy! ¿Puede haber algo más absurdo?
Tengo que centrarme porque empiezo a volverme loco. Cada día que paso en Lakewood me resulta más difícil sacármela de la cabeza y eso va en contra de todo lo que he pensado siempre. ¿Me entendéis, verdad? Mi vida está en Washington, mi equipo está en la capital… ¡no puede gustarme una seguidora de los Cavaliers, por el amor de Dios! ¡No puedo sentirme atraído por ella, sencillamente! 
¿Lo veis? Estoy hecho un auténtico lío y no sé por dónde tirar. ¿Cuánto tiempo se me permite estar cabreado por la muerte de Rachel? ¿Han sido suficientes diez años?
¿Cuánto tiempo debo pasar odiándola antes de reconocer que la quiero?

Una escena para abrir el apetito:

Con una poderosa mano, acostumbrada al tacto del Spalding, se hizo con el esférico dispuesto a dejar el reto resuelto. La maldita rodilla le dolía desde hacía un buen rato y no sería bueno continuar forzando la máquina por mucho que empezara a agradarle la conversación y la compañía. Sin embargo, en el momento de lanzar a canasta, Pearl alzó los brazos para dificultarle el tiro y Jesse quedó prendido del nacimiento de sus senos, húmedos por el sudor, agitándose con cada respiración, acunando lo que antes no había podido vislumbrar. Un anillo, una alianza. La línea de su garganta era una clara provocación para que posara su boca sobre ella; la plenitud de sus labios entreabiertos, exhalando el aire en cortos jadeos, le nubló el juicio y, de pronto, se imaginó haciendo cosas con ella que no deberían pasar por su mente. Mantuvo la pelota por encima de la cabeza, apretándola con las manos, resistiendo la tentación de dejarla caer para tomar del mismo modo las mejillas sonrosadas de Pearl y besarla hasta que esos mismos jadeos estuvieran provocados por otro motivo muy diferente al ejercicio físico. De eso iban a tener, por descontado, pero en otro lugar, en otra posición, sin nada que le dificultara el acceso al cuerpo que deseaba hacer suyo.
¡No! Sedúcela, tíratela si te apetece, pero elimina las emociones o estarás en un lío. ¿Es que ya no recordaba quién era esa mujer, ni lo que había hecho? ¿Cuándo había tomado su virilidad las riendas de los pensamientos? Debía detenerse en ese preciso momento o acabaría lamentando sus malas decisiones.
—Si no te odiara tanto por haber matado a mi hermana, hasta podríamos ser buenos amigos —pronunció despacio con la mirada fija en los ojos azules más increíbles que hubiera visto en su vida. 
Se acabó el momento encantador entre ellos, se acabó el juego. Las palabras de Jesse cayeron como un jarro de agua fría sobre Pearl. El dolor que experimentó contra el estómago, la hizo soltar todo el aire de forma brusca y cerrar los ojos, como si miles de puños acabaran de impactar contra sus entrañas, sacudiendo el suelo bajo sus pies. Dejó caer las manos y la cabeza con mucha lentitud y se apartó de él, tan herida como un ciervo con el corazón asaetado por una flecha envenenada. Mientras, Jesse lanzó sin dificultad el último tiro que entró limpio, arrancando un leve siseo a la red al contacto con la pelota.

Desde LecturAdictiva damos las gracias a Patricia A. Miller por la presentación.


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