domingo, 22 de enero de 2017

El rincón del escritor: Elena Garquin nos presenta Tiempo de promesas

Castromoros, Soria, año 917.
Las continuas batallas contra los musulmanes asolan los nacientes reinos cristianos. Martín Ruiz de Vega, guerrero al servicio del rey Ordoño, decide aspirar a algo más, por mucho que su situación militar le depare suculentas e inesperadas recompensas. Cansado de tanto derramamiento de sangre, solo desea formar una familia y llevar una vida tranquila. Pero la persona elegida por él, la única con quien ansía hacerlo está fuera de su alcance.
Jimena de Medina es una doncella tan inocente como hermosa, cuya memoria se ha visto seriamente afectada tras presenciar el asesinato de su padre, ocurrido años atrás. Desde entonces vive protegida por sus hermanos, esperando el momento de cumplir con los designios del rey, que la ha entregado en matrimonio a un poderoso conde castellano.
Ahora, una misión que le es encomendada al guerrero con el único fin de perjudicarle acabará por convertirse en el mejor viaje de las vidas de Martín y Jimena, provocando una cadena de acontecimientos que pondrán sus corazones a prueba de olvidadas promesas de sangre.

Y aquí están sus protagonistas, Martín y Jimena. Espero que os gusten.



Ficha del libro




Los personajes nos hablan de la novela:

—Buen día tengáis todos, hermosas doncellas y gentiles guerreros. Mi nombre es Martín Ruiz de Vega, y sirvo a los intereses del rey Ordoño desde que era casi un infante. La vida me ha convertido

en un guerrero valiente y experimentado, pero también en un hombre que ansía apartarse por un tiempo del campo de batalla para formar su propia familia. Mucho más cuando he recibido un encargo producto del cual me encontré frente a un ángel en persona… O más concretamente, frente a un Duende. Porque los ojos de Jimena de Medina, la doncella cuya virtud he de salvaguardar, son tan azules como un cielo despejado, tan rasgados como los de dicho duende y con una mirada tan llena de reproches que voy a tener que utilizar toda mi paciencia y la de alguien más para conseguir que nuestra relación sea llevadera. Si a eso le unimos una lengua vivaz, un cuerpo lleno de curvas sinuosas que harían pecar al mejor de los santos, un cabello rubio digno de un querubín y una valentía que solo se ve coartada por determinadas jugarretas de su memoria, creo que mi fuerza de voluntad tendrá que ser de hierro.
Es terca, vivaz y apasionada. Virtudes nada recomendables en una joven doncella a punto de ser desposada. Y aunque todos los términos anteriores se pueden modificar, la deseo tal y como es, excepto el casamiento…
Si ella supiera todo lo que se me pasa por la imaginación cuando la tengo cerca. Si tuviera una ligera idea de cuánto necesito escuchar su voz, oler su presencia, saborear sus labios, para que mi vida vuelva a tener un sentido…


***

—Buen día también para ti, espadero. Porque te aseguro que lo vas a necesitar. Para vos, que estáis leyendo esto ahora mismo, os diré que me llamo Jimena de Medina, y soy la menor de cuatro
hermanos. Los tres restantes son aguerridos varones que me protegen desde que, siendo una niña, asesinaron a mi padre y mi memoria quedó seriamente afectada por ese hecho. Hernán, mi hermano mayor y actual señor de Laciana, ha concertado, junto con el rey Ordoño, mi casamiento con un poderoso conde castellano. El hecho en sí me infunde un poco de temor. Tendré que abandonar mi hogar en pos de un auténtico desconocido. Pero eso no es nada si lo comparo con la posibilidad de dejar de ver a Martín. Para siempre. Ese espadero, su nobleza, su valor y sobre todo su orgullo revestido de honor, se han ido colando en mi corazón hasta volver mi vida del revés por completo. Es tenaz, perseverante y no se rinde ante un objetivo, por mucho que ese objetivo sea yo. 
Bueno, también es corpulento, con unos músculos hechos a base de batallas y muchas cicatrices en el cuerpo que revelan una vida llena de penurias. Por si eso fuera poco, su aspecto duro contrasta con la ternura de sus ojos verdes, de su sonrisa, de su voz, de los labios cuando besan o de las manos callosas que acarician…

¡Buen Dios! ¿Qué voy a hacer cuando tenga que aceptar a mi prometido? ¿Cómo conseguiré olvidarme de las atenciones de Martín?


Un par de escenas para abrir el apetito:

«—No eres mi esposo para que yo acepte tus humillaciones —continuó Jimena, roja de ira.
—¿Quién querría humillarte? ¡Nunca imaginé que supieras hacer lo que has hecho! ¡Nadie lo esperaba! —Martín le limpió las lágrimas con toda la ternura que pudo atesorar, fascinado por la suavidad de su piel—. ¿Por qué lloras? Deberías estar orgullosa, no triste.
—Lloro porque… porque… —No podía confiarse a él hasta ese punto. Pero el contacto era tan reconfortante, y su mirada tan limpia, que decidió hacerlo sin miedo a parecer ridícula—. Porque no recuerdo dónde aprendí a desollar un animal. De algún modo siento que debería recordarlo, que eso me haría más feliz. Pero siempre he sido olvidadiza. ¡Y tengo las manos llenas de sangre!
—También la cara. Deja que te ayude.
Comenzó por limpiarle las mejillas y siguió por el cuello. Pero los buenos propósitos desaparecieron con los últimos restos de sangre cuando Martín se dio cuenta del espectáculo que la camisa empapada de Jimena le ofrecía.
La tela se había vuelto transparente por el agua, perfilando a la perfección el volumen exacto de sus pechos, el color oscuro de las aureolas y el tamaño de los pezones erectos. No tenía que esforzarse mucho para distinguir la suave depresión del ombligo, ni para adivinar lo que vendría después.
—Jimena, te aseguro que lo he intentado, pero es más fuerte que yo. Solo puedo pensar en besarte. Y eso es lo que voy a hacer.
Esperaba que aquellas palabras sirvieran de disculpa, porque no pensaba darle otra. La devoró con la mirada antes de hacerlo con la boca. Ella se retorció intentando resistirse, pero él la aplastó contra el pecho a base de fuerza bruta. 
—¡Suéltame! —siseó Jimena, en la esperanza de que lo hiciera antes de que fuera demasiado tarde—. ¡Cómo te atreves!
Martín no le hizo el menor caso. Lastimó sus labios en un nuevo ataque. Forcejeó con ella, hasta que sintió una progresiva rendición y pudo penetrar en su boca.
No fue algo delicado, sino visceral. Tan trascendental que irrumpió en la voluntad de Jimena arrasando con todo lo demás. Terminó colgada del cuello de Martín lanzando un gemido de placer. Se dejó vencer por aquella oleada abrasadora que se instalaba entre sus muslos, e incluso adelantó las caderas cuando sintió cierta y desconocida dureza presionándole el vientre. Se apretó contra el pecho musculoso hasta que el pulso le reventó en el cuello cuando notó cómo Martín apresaba con ansia sus nalgas para pegarla más a él.
Jimena sufrió la presión que necesitaba ser colmada. La humedad mojándole la piel. El suelo tambaleándose bajo sus pies cuando él le subió la camisa y pasó a acariciar directamente la carne tierna de los muslos.
Pero la conciencia hizo su trabajo para obligarla a apartarse.
—Debes detener esto —susurró contra su boca, en medio de fuertes jadeos.
La razón pareció penetrar en la abotagada mente de Martín. Ella sintió cómo se ponía rígido cuando la mantuvo sujeta por la cintura.
—Ni yo puedo, ni tú quieres —respondió con un susurro encendido—. Una palabra, Jimena. Solo una palabra, y me olvidaré de todo.
«Sí». Esa era la palabra que esperaba. Y la que ella estuvo a punto de dar.
Aunque no fue eso lo que dijo.
—Esponsales —afirmó. Razón suficiente para que él le diera la espalda».


***

« Martín contempló estupefacto cómo todo el mundo se ponía en movimiento ante aquellas firmes palabras. ¡Qué gran general se estaba perdiendo Ordoño!
—Recuerda, Duende —susurró, cuando tomó asiento y Jimena comenzó su labor—. Tenemos una conversación pendiente.
—Si después de cerrarte esta herida tienes ganas de hablar, te prometo que lo haremos.
—¿Vas a cosérmela tú?
—No va a cosértela nadie —afirmó Ansur—. No contamos con los instrumentos necesarios, así que finalmente tendremos que internarnos en alguna aldea.
El resto de explicaciones sobraron. Había que detener la hemorragia. Martín vio a su tío hundir la hoja de un puñal en las alegres llamas de la hoguera, y se preparó. Después de echar varios tragos de vino, buscó los ojos de Jimena. Quiso decirle que no se apartara, que siguiera tocándole aunque no pudiera mitigar el dolor, pero ella comprendió sin necesidad de palabras.
Se arrodilló a sus pies y le tomó ambas manos. Ninguno despegó los ojos del otro mientras Ansur le aplicaba el hierro candente para cauterizar la herida.
El olor a carne quemada inundó el ambiente. Martín clavó los dedos en las suaves manos de Jimena. Apretó la mandíbula y estiró los labios sellados. Ni un solo sonido evidenció el sufrimiento, pero su cara tomó un preocupante tono ceniciento cuando, terminada la tarea, Ansur y Félix lo acomodaron en el suelo.
—Quédate conmigo —suplicó en un susurro apenas audible.
Jimena asintió sin dudar. 
No se apartaría del hombre que había arriesgado su vida por ella. Calmaría su dolor y su sueño inquieto, si con eso conseguía aplacar aquella opresiva sensación de culpa. 
Durante la tarde fue testigo de la progresiva debilidad de Martín. No dejó de acariciarle el cabello y refrescarle la frente, recostada a su lado. Tampoco habló. Solo rogó a Dios para que la calentura no apareciera.

Aquella noche Jimena le proporcionó el calor que necesitaba cuando comenzó a temblar, sin preocuparse por el método utilizado. A hurtadillas, se deslizó bajo la manta y se aferró al cuerpo de Martín con un ansia muy distinta de la pasión. Era un cosquilleo inquieto pero creciente, que se apropió de su corazón y que solo se calmó cuando realmente se dio cuenta de que él seguía respirando y no sufría.  De que no la abandonaría, al menos hasta que Odón de Montoya hiciera valer sus derechos».



Desde LecturAdictiva damos las gracias a Elena Garquin por la presentación.

1 comentario:

  1. Gracias por esta introducción al libro.
    Estoy leyendolo y es una maravilla.

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