domingo, 12 de febrero de 2017

El rincón del escritor: Marisa Grey nos presenta Bajo el sol de medianoche

En 1898 la ciudad de Dawson, en el remoto territorio del Yukón en Canadá, se ha convertido en el destino de miles de hombres y mujeres en busca del oro del río Klondike. Mientras todos sueñan con la nueva Fiebre del Oro, Cooper Mackenna se conforma con sobrevivir en su cabaña junto a sus perros, más deseoso de olvidarse de la mujer que le traicionó en el pasado que de hacerse rico. Por fin ha encontrado un lugar donde vivir sin rendir cuenta a nadie, pero su calma se ve alterada por dos mujeres, Lashka, hija del jefe Klokutz del pueblo tlingit, y Cora March, la guapa y peligrosa propietaria del hotel más lujoso de la insólita ciudad de Dawson.
Lo que ignora Mackenna es que su pasado está a punto de reaparecer.
Lilianne Parker, una mujer despechada, cansada de ser ignorada por su familia y juzgada por el resto de la buena sociedad de San Francisco, espera dar un cambio a su vida cuando se case con el honorable Aidan Farlan, un buen hombre que la ayudó a superar la soledad que ella misma se había impuesto. Sin embargo, la fotografía procedente del Yukón de un hombre con quien se fugó nueve años atrás —y que creía muerto—, pone en peligro su futuro enlace. Decide viajar hasta el Yukón en busca de Cooper Mackenna, para poner fin al último vínculo que la ata a un pasado doloroso. Su intención es conseguir una confesión de abandono que le permita solicitar el divorcio.
Entre las bulliciosas calles de Dawson, la rudeza de los campamentos a orillas del río Klondike y la mundana ciudad de San Francisco, Cooper y Lilianne deberán decidir en quién confiar y si están dispuestos a averiguar qué sucedió en el pasado. En el sinuoso camino hacia la verdad ambos se han granjeado poderosos y temibles enemigos. No son pocos los que anhelan el oro de Mackenna Creek o que el matrimonio de Cooper y Lilianne sea anulado cuanto antes.
Pero, por encima de todo, tendrán que averiguar si están dispuestos a darse una segunda oportunidad.

Ficha del libro





Los personajes nos hablan de la novela:

Mi nombre es Cooper Mackenna. Tengo unos 33 años y llevo años buscando oro en el territorio del Yukon. Vivo en una cabaña junto al arroyo Mackenna. Lleva mi apellido porque cuando me instalé aquí, el arroyo no tenía ni nombre. Es un lugar aislado donde no suelen molestarme los curiosos. Así me gusta. Soy muy reservado, pero tengo mis motivos. 

No quiero pensar en ella, pero algunas veces mis recuerdos me traicionan, veo su cabello del color del cobre, sus ojos verdes, su sonrisa, sus pecas. Pero no fue su aspecto lo que me atrajo, sino su carácter indomable, apasionado. 

La primera vez que la vi estaba en el establo donde yo trabaja cuidando de los caballos de su padre, ella se proponía dar una zanahoria a uno de los purasangres. Cuando me disponía a echarla sin saber quién era, me miró a los ojos con su sonrisa traviesa y supe que jamás la olvidaría ni ese momento.

Una noche me colé en su alcoba, ella había dejado la puerta ventana de la terraza abierta. Pasamos la noche juntos, inconscientes del peligro a que corríamos. Nos quedamos dormidos. Por la mañana ella me despertó de golpe, estaba tirándome de la cama para que me escondiera debajo de la cama junto con mi ropa, pero una bota se quedó a la vista. No me dio tiempo de cogerla, la doncella entró cargando una bandeja con el desayuno. Mientras Lilianne hablaba, empujaba la bota hacia mí, pero con el último empujón, le dio más fuerte de lo debido y la bota me dio en toda la cara. Se me escapó un quejido. Lilianne fingió estar indispuesta tosiendo y mandó a la doncella que le trajera el jarabe para la tos. Entonces salí de debajo de la cama, solo me dio tiempo a ponerme los calzones y salté por el balcón con mi ropa en una mano y las botas en la otra. Cuando estaba a punto de girar hacia el edificio de las cuadras, la vi saludarme con una mano mientras se reía. En ese momento me sentí el rey del mundo por hacerla reír. 

***

Me llamó Lilianne Parker. Tengo 29 años, edad más que suficiente para llamarme solterona, aunque no me importa. Nueve años atrás creí que el amor podía salvarme de un matrimonio sin amor, pero ni me casé ni me salvó el amor. 
Vivo en San Francisco, en casa de mi tía Violette, y tres veces a la semana ayudo al doctor Eric Donner en su consulta en un barrio castigado por la pobreza de la ciudad. 

La primera vez que le vi era un muchacho que no había cumplido veinte años. Era alto, muy delgado, de caminar desgarbado. Cuando le volví a ver apenas le reconocí: llevaba el pelo largo y una barba que le cubría media cara. Pero no eran los únicos cambios, su rostro se había afilado, su mirada era más fría y su boca mostraba una mueca de constante irritación. No soporto cuando se muestra tan hosco, tan arrogante, tan seguro de tenerme a su merced. Pero sé cómo fastidiarle: cuanto más indiferente me mostro, más se enoja. 

Sé que lo había hecho para humillarme, quería tenerme a su merced como una doncella en esa choza que llama hogar. Esperaba de mí un desayuno digno de un rey. Lo que se encontró fueron unas gachas grumosas; algo parecido a café, que no era más que agua hervida con cuatro granos de café; y unos filetes de alce tan crudos como quemados. Fue la mejor venganza por echar a perder una de mis prendas preferidas. 

Una escena para abrir el apetito:

—Dime que me quieres... —le susurró ella al oído.
Estaban tumbados bajo la sombra de un árbol. Era una tarde perezosa de verano, durante la cual todos se resguardaban del calor al amparo de sus casas. Ella se había escabullido por la salida del servicio de la vigilancia de su institutriz. Él no había necesitado esforzarse mucho, ya que su padre había fallecido un año antes y no le quedaba nadie, excepto ella.
—No te quiero —respondió él—. Se puede querer un trozo de tarta de manzana o unos zapatos nuevos —se apresuró a añadir al ver como ella fruncía el ceño—. Pero a ti, yo te amo. Te amo más que a nada en el mundo.
Ella sonrió, complacida por la respuesta, y se recostó contra su cuerpo tendido sobre la hierba fresca.
—Entonces ama mi cuerpo como amas a mi persona —le pidió mientras le acariciaba el pecho entre los botones de la camisa.
Cooper cerró los ojos. De repente quería oír el lamento del viento. Quería que se llevara el eco de esas palabras, dejar de sentirla tan cerca. Ella había sido cuanto había amado y necesitado, desde entonces vagaba de un lado a otro sin rumbo.

Desde LecturAdictiva damos las gracias a Marisa Grey por la presentación.






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